11 de febrero: Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia

Este 11 de febrero nos sumamos a la celebración del #DiaMujerYNinaEnLaCiencia

Les presentamos los perfiles de 6 de nuestras investigadoras que impulsan el trabajo en distintos temas de estudio, como Claudia Rojas, que investiga el ecosistema suelo, Loretto Contreras, que se dedica a estudiar las algas y sus múltiples servicios ecosistémicos; Belén Gallardo, que indaga en la biodiversidad del bosque nativo; Josefina Poupin, que se concentra en la microbiota de las plantas y sus interrelaciones; Francisca Blanco, que estudia las estructuras genéticas y moleculares de las plantas en respuesta a fenómenos ambientales, y Marcela Jaime, economista ambiental que analiza las respuestas humanas frente a políticas públicas medioambientales.

Revisa abajo las entrevistas que hemos realizado.

Claudia Rojas: visibilizando el mundo vivo bajo nuestros pies

Loretto Contreras: “hemos perdido la conexión con los alimentos del mar”

Belén Gallardo: apreciando el bosque nativo, un tejido a la vez

Josefina Poupin, y la estrecha relación entre microorganismos y plantas

Francisca Blanco y las respuestas de las plantas ante un mundo cambiante

Marcela Jaime Torres: “Es posible buscar la excelencia desde la colaboración”


Núcleo Milenio con presencia CAPES producirá plantas «súper adaptables»

El centro, liderado por la Universidad Andrés Bello (UNAB), contará con un grupo multidisciplinario de investigadores, entre los que se encuentra, como directora alterna, la bióloga CAPES María Francisca Blanco.

“Núcleo Milenio para el Desarrollo de Plantas Super Adaptables”, o MN-SAP, es el nombre de uno de los ocho nuevos Núcleo Milenio en Ciencias Naturales y Exactas aprobados el pasado 23 de noviembre por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), en una nueva versión de este importante concurso. El centro, comandado institucionalmente por la Universidad Andrés Bello (UNAB), tendrá como directora alterna a la investigadora de Línea 2 de CAPES, María Francisca Blanco.

La propuesta apunta al desarrollo de plantas que adquieran y utilicen de forma más eficiente el fosfato de roca (Pi), un nutriente no renovable indispensable para el crecimiento vegetal, y del cual se proyecta un déficit global en los próximos 50 años, asociado a la contaminación de agua y suelos.

La Dra. Blanco, académica y directora de Investigación de la UNAB, presentó la nueva iniciativa en el sexto Encuentro Anual CAPES, donde detalló los alcances el nuevo Centro y sus desafíos para los próximos años.

El agro contra el cambio global

“El problema que buscamos atender es el alto impacto que tiene el cambio climático en el desarrollo socioeconómico de nuestro país, específicamente, sobre la agricultura. En Chile, poseemos abundante evidencia de fenómenos como la desertificación de la zona central, la pérdida en la disponibilidad de agua, la erosión y falta de nutrientes, y la persistencia de plagas, todos los cuales afectan de sobremanera al sector agrícola” explicó la investigadora.

Estos efectos, sumados a la creciente demanda por alimentos a causa de la sobrepoblación, ponen una enorme presión sobre la producción de alimentos tanto a nivel mundial como nacional, y específicamente, sobre la capacidad de las plantas para sostener dicha demanda.

“Este escenario llevó a nuestro equipo a pensar en soluciones sostenibles y provenientes de la misma naturaleza” nos contó Blanco, “incorporando oportunidades que están presentes en nuestros suelos Allí, los microorganismos asociados a las plantas tienen una serie de capacidades que podemos identificar y utilizar para mejorar la nutrición de estas plantas y hacer de ellas organismos súper-adaptables, que hagan frente a los distintos tipos de estrés que experimentan”.

De este modo, señaló la profesional, “nuestro principal objetivo es aumentar la productividad vegetal mejorando la captación de fósforo y la translocación de este nutriente bajo condiciones de múltiples estreses, aprovechando las propiedades de las comunidades microbianas que logremos identificar y seleccionar”.

Plantas súper-adaptables, microbios súper-compañeros

Para lograr estos objetivos, los investigadores miembros del nuevo Núcleo planean, en primer lugar, elucidar los mecanismos celulares que subyacen a la captación de fosfato por parte de la planta bajo condiciones de estrés salino, y presencia de áfidos. “Usando como planta modelo a la especie Arabidopsia vamos a trabajar con variaciones genéticas naturales, redes transcripcionales y estrategias de secuenciación y análisis masivos hasta llegar a obtener cinco genes candidatos asociados a la captación de este nutriente, que esperamos validar”, comentó Blanco.

En una segunda etapa, continuó, la idea es maximizar la performance de estas plantas bajo condiciones de baja disponibilidad de fósforo, integrando microorganismos productivos acoplados a la selección de tomates genéticamente modificados.

“Nuestro propósito es finalmente es ser pioneros en la generación de avances en ciencia básica y agricultura para promover el desarrollo socioeconómico de Chile, y con impacto mundial, teniendo la sostenibilidad de nuestros servicios ecosistémicos el en el centro de nuestro trabajo” concluyó la bióloga.

MN-SAP también contará con la participación de los investigadores CAPES Josefina Poupin como investigadora asociada, Thomas Ledger como investigador adjunto, y Bernardo González como miembro del comité de investigadores Senior del Centro. Su director será el académico UNAB, Dr. José Estévez.

Junto con UNAB, institución responsable, son parte de este Núcleo las Universidades Adolfo Ibáñez, de Talca, Arturo Prat, y Pontificia Universidad Católica de Chile. El Núcleo también cuenta con el apoyo de la empresa SynergiaBio, compañía especializada en biotecnología agrícola ubicada en la región del Maule y que permitirá llevar estos experimentos directamente al campo.

Texto: Comunicaciones CAPES


El redescubrimiento del aceite de semillas de maitén

El maitén es un árbol que ha sido usado como adorno en jardines, parques y plazas. De hojas gráciles y semillas de un rojo intenso, posee una gran adaptabilidad a distintas condiciones ambientales y de suelo. Estas características, más lo aceitoso de sus semillas, motivaron a un grupo de científicos de la Universidad Católica y CAPES a estudiar las propiedades del aceite que se extrae de las semillas de este árbol, con resultados prometedores.

El maitén, o Maytenus boaria, es un árbol de hojas perennes, de hasta 15 metros de altura, nativo de Chile, Argentina, Perú y Brasil. Posee una gran adaptabilidad a diferentes condiciones ambientales, como niveles de precipitación, humedad, pH del suelo y disponibilidad de agua. En nuestro país, tiene una amplia distribución geográfica, encontrándose desde las regiones de Coquimbo hasta Aysén, y desde la cordillera de la Costa hasta Los Andes.

Hace un par de siglos, según crónicas de Benjamín Vicuña Mackenna, la población de Santiago consumía un aceite producido a partir de las semillas de maitén. El dato llamó la atención de la Dra. Rosanna Ginocchio, investigadora del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad, CAPES UC. Junto a su equipo notaron que al mantener semillas de esta especie en cartuchos de papel, éstas se impregnaban rápidamente con aceite, por lo que intentaron averiguar, en una primera instancia, si era posible establecer este árbol sobre relaves mineros, en una búsqueda por encontrar especies nativas que permitieran rehabilitar estos suelos y, de paso, obtener de ellas productos no tradicionales.

Aunque el maitén resultó no ser el árbol que buscaban, siguieron investigando con la esperanza de obtener aceite de sus semillas y conocer sus propiedades.

El maitén es un árbol nativo en países del cono sur americano, donde es una especie secundaria de los bosques. Crédito dibujo: Eduardo Muñoz.

“Posteriormente, a través de un fondo interno interdisciplinar de la Universidad Católica, me asocié con César Sáez, colega de Ingeniería UC, con quien comenzamos a explorar la eficacia de extracción de aceite de semillas de maitén por distintos métodos disponibles”, señala Ginocchio. “Los rendimientos que logramos fueron muy buenos. A través de esta misma iniciativa exploramos las potencialidades de uso del aceite, realizando análisis químicos estandarizados. Para complementar esto, nos asociamos con Ady Giordano, colega de la Facultad de Química, de forma de profundizar en los análisis”.

Los resultados relacionados con el valor nutricional del aceite de semillas de maitén fueron publicados en la revista MDPI Foods bajo el título “Mayten Tree Seed Oil: Nutritional Value Evaluation According to Antioxidant Capacity and Bioactive Properties”.

Estudio para una semilla

Los aceites vegetales se extraen de las semillas y los frutos de las plantas. Entre los aceites vegetales que se producen a partir de las primeras, en la actualidad la mayoría se obtiene de unas pocas especies comercialmente importantes: la soja, los girasoles, la canola, el lino, las nueces de palma aceitera, el ricino, el maní, la semilla de algodón y las nueces de karité.

Sin embargo, se sabe que existen especies de plantas que crecen en condiciones ambientales limitantes, como climas áridos y semiáridos o suelos pobres en nutrientes, que también presentan semillas oleaginosas. Estas semillas serían fuentes potencialmente valiosas a la hora de expandir la producción de aceite vegetal a regiones donde los cultivos tradicionales no son factibles, y para la Dra. Ginocchio, las semillas del maitén representaban una posibilidad real.

Para producir el aceite, el equipo de investigación recolectó frutos de árboles de maitén de distintas procedencias. Las semillas se separaron a mano, se dejaron secar al aire y se almacenaron a 5ºC. Posteriormente se molieron y, con la ayuda de solventes, se extrajo su aceite, lográndose un rendimiento del 61,8%, mayor que el de los aceites extraídos de las semillas de girasol, sésamo y calabaza, porcentaje aún mejorable con otros procedimientos de extracción.

Durante la extracción del aceite, se obtuvo un rendimiento del 61,8%, mayor que el de aquellos extraídos de las semillas de girasol, sésamo y calabaza. Crédito: Sara Herrera.

En cuanto a su composición química, este aceite mostró ser rico en ácido oleico y linoleico. El ácido oleico es un ácido graso monoinsaturado omega-9, con propiedades anti trombosis y otros componentes bioactivos, que se ha utilizado en aplicaciones cosméticas y farmacológicas. El contenido de ácido oleico presente en el aceite fue mayor que el hallado en el aceite de girasol, similar al contenido del aceite de soja y menor que el del aceite de palma.  En cuanto al ácido linoleico, un ácido graso omega-6 y conocido como un precursor de otros mediadores lipídicos antiinflamatorios, su contenido en el aceite de maitén fue más alto que en el aceite de oliva y el aceite de palma.  

El aceite extraído posee una coloración rojiza-anaranjada debido a su alto contenido de caroteno. El 70% corresponde a β-caroteno, que es un precursor de la vitamina A y juega un papel importante en la prevención de cataratas y otras enfermedades oculares. También se descubrió que la capacidad antioxidante del aceite de semilla de maitén es tres veces mayor que la del aceite de canola y 15 veces mayor que la de los aceites de girasol, salvado de arroz y oliva.

En palabras de la Dra. Ginnochio, “los hallazgos más importantes son que su contenido de ácido oleico y linoleico es más alto que la mayoría de los aceites comerciales de consumo humano, los que son relevantes para la dieta del ser humano. Además, posee una alta capacidad antioxidante, debido al alto contenido de carotenos y polifenoles, aspecto también relevante para la alimentación humana”.

De árbol ornamental a productor de aceite

El maitén no tiene problemas de conservación. Es un árbol nativo en países del cono sur americano, donde es una especie secundaria de los bosques. Su distribución en nuestro país es amplia (28º a 45º de latitud sur), por lo que su adaptación a distintos ambientes es muy diversa. Aunque la investigadora indica que “su abundancia natural ha ido disminuyendo, es una especie que ha tenido un uso ornamental, no sólo en el país, sino que también en otros lugares como Inglaterra y Nueva Zelanda, debido al carácter pendular de sus ramas”.

¿Es viable el cultivo de este árbol para la extracción comercial de su aceite? La Dra. Ginocchio explica que el maitén no es una especie naturalizada que esté siendo cultivada en forma masiva y con este propósito. “Es una especie de uso ornamental, bastante valorada con ese fin. Por ello, se conocen algunos aspectos de su biología y ecología. Estamos trabajando para poder evaluar la factibilidad de establecer cultivos comerciales de esta especie, para la producción de semillas y la obtención de aceite. Eso es el paso que viene”, afirma.

Entre las conclusiones del estudio, se menciona que el aceite de semilla de maitén sería una alternativa interesante a otros aceites vegetales destinados al consumo humano, debido a que podría producirse, con buenos rendimientos, en zonas afectadas por el cambio climático y global. Este aceite podría considerarse como un alimento funcional, un suplemento de carotenoides o un ingrediente aditivo antioxidante para la industria alimentaria. El redescubrimiento de un viejo conocido de los habitantes del siglo XXI.

Texto: Comunicaciones CAPES
Fotos superiores de semillas de maitén: César Saez

Francisca Blanco y las respuestas de las plantas ante un mundo cambiante

“Siempre me gustaron las plantas, siempre supe que iba a trabajar en esa área en particular” cuenta Francisca Blanco apenas nos sentamos en su oficina, un amplio y luminoso despacho ubicado en la sede República de la Universidad Andrés Bello (UNAB), donde la investigadora CAPES —incorporada al centro en 2019— se desempeña como académica y directora general de Investigación.

Pese a ese temprano interés por el mundo vegetal, para la científica la posibilidad de seguir una carrera en las ciencias biológicas pasó más por la serendipia que por un plan meticulosamente concebido. “Mi mamá, que es enfermera, fue abordada un día por uno de los médicos con los que trabajaba, quien le recomendó la bioquímica como opción académica para su hija” relata, “según él, era la carrera del futuro”.

Intrigada, Blanco tardaría un tiempo en confirmar el pronóstico: “Por la forma en que suelen estar ordenadas las mallas curriculares de los programas de biología, no tuve idea de qué era la bioquímica hasta el segundo o tercer año de la carrera, cuando las líneas de estudio comienzan a especializarse”.

Hoy, sin embargo, la apuesta parece haber dado frutos. La bioquímica y doctora en Ciencia Biológicas de la Universidad Católica es una de las científicas más destacadas en el campo de la biología vegetal, presidiendo, de hecho, la sociedad que agrupa a los especialistas de esta disciplina en Chile, y siendo invitada, recientemente, a integrar la junta directiva de la Global Plant Council.

Desde aquella posición, y sumando su vasta experiencia en el estudio de las estructuras genéticas y moleculares que gobiernan el comportamiento de estos organismos, nos comenta sobre los desafíos de la disciplina y la importancia de avanzar hacia una mirada más sistémica a la hora de entender la forma en que una planta responde a los estímulos —y amenazas— del exterior.

Las plantas contra el mundo

El interés particular de Blanco se centra en estudiar la respuesta de las plantas ante diversos fenómenos ambientales, en especial aquellos que inciden negativamente en su equilibrio interno, ya sea se trate de agentes biológicos como insectos o microorganismos (estrés biótico) o agentes físicos como el frío o el calor (estrés abiótico).

“En ese campo, el estudio de las herramientas moleculares que gobiernan la defensa de las plantas se vuelve fundamental” nos cuenta. “Por ser organismos sésiles, es decir, que no pueden desplazarse, las plantas han desarrollado un grado de sofisticación sorprendente a la hora de resistir los distintos estreses a los que, permanentemente, se ven expuestas”.

Como herederas de uno de los linajes más antiguos del planeta, el abanico de procesos involucrados en la resistencia de las plantas al ambiente externo representa un verdadero modelo de referencia cuando se trata de estudiar el desarrollo de otros sistemas inmunológicos en organismos. “A lo largo de nuestra historia evolutiva, nos damos cuenta de que todos los mecanismos que tienen los seres vivos para generar diversidad genética y finalmente resistir estos cambios, están concentrados en las plantas. Los neurobiólogos suelen decir que las plantas no tienen cerebro, pero son sin duda un sistema altamente especializado: hay conversaciones planta a planta, planta y entorno, hacia arriba y hacia abajo… se integran en ella un sinfín de interacciones complejas”.

Pese a ese grado de sofisticación, las plantas hoy se ven expuestas a condiciones y estresores cada vez más extremos, en buena parte debido a la agudización de fenómenos como el cambio climático. La investigadora nos revela que “el estrés hídrico y el estrés por sequía son hoy realidades globales, que en Chile se manifiestan, por ejemplo, en los frutales ubicados en la zona centro del país (cerezos, manzanos, etc.), los cuales, por el aumento de las temperaturas, no están teniendo las horas de frío que necesitan para sus procesos de floración”.

“Las plantas necesitan ciertas señales ambientales para lograr entender en qué época del año y, por tanto, en qué etapa de sus procesos reproductivos, están. Hay frutales que, por ejemplo, necesitan tener un número de horas de frío para saber que deben dejar la dormancia y florecer, y esas horas de frío ya no se están logrando fácilmente. Entonces, la producción anual a la que estaban acostumbrados quienes cultivan esos frutales ya no se está consiguiendo” ahonda.

Pequeños invasores

Para ayudar tanto a plantas como a agricultores en este complejo escenario, Blanco y su equipo se abocan a estudiar la resistencia vegetal ante agentes exógenos como plagas y bacterias. Entre sus líneas de investigación, se encuentra el trabajo con áfidos o pulgones, insectos que drenan a la planta de su contenido de azúcar, reduciendo el tamaño de sus frutos y afectando la productividad de los campos. “Son insectos generalistas, que comen familias enteras de plantas, por lo que es muy difícil controlarlos. El contagio de un cultivo a otro puede ser muy rápido” afirma.

Lo primero que estos investigadores estudian es la estrategia de alimentación que implementan los áfidos para evadir la maniobra defensiva de la planta, o provocar una respuesta lenta o torpe de su parte.

Luego, analizan los mecanismos y procesos que actúan en este sistema de defensa, en todas las etapas del mismo: “La defensa vegetal tiene varios componentes y áreas de estudio. Uno de ellos es cómo la planta identifica que hay algo exógeno que la está atacando, es decir, cómo reconoce que hay un áfido infectándola y cómo el áfido ha sido estratégico para no ser detectado” comenta Blanco.

La investigadora también se dedica a conocer e identificar las rutas de señalización que se activan en la planta para activar la respuesta defensiva, cómo conversan esas rutas, y qué hormonas se utilizan para priorizar un tipo de respuesta sobre otra. “Estamos identificando toda la cascada de señalización asociada a las hormonas centrales de la defensa” dice “y luego los genes que responden para contrarrestar la infección del patógeno”.

“La planta funciona balanceando e integrando todas las señales externas para entender cómo priorizar una respuesta. Porque si la planta está sujeta a múltiples factores como la radiación, el calor, la falta de agua y un patógeno, ésta debe decidir a qué contesta primero: ¿al calor, al estrés hídrico, al patógeno, a todos en cierta medida? Eso es lo que estamos tratando de desentrañar”.

Una mirada sistémica

Aun cuando la investigación de estas estructuras y procesos internos en la planta ayudan a los biólogos vegetales como Blanco a entender mejor el comportamiento de estos organismos, la también investigadora del Centro de Biotecnología Vegetal de la UNAB cree necesario integrar esta mirada especializada con el estudio de los otros seres y sistemas que participan en estas dinámicas.

“La biología molecular es una herramienta importantísima, pero si no integramos eso con el estudio del ecosistema del que la planta forma parte, preguntándonos con quién está interactuando o por qué tiene esos patógenos y no otros, te pierdes finalmente muchos niveles de información. Por intentar simplificar un sistema, nos estamos perdiendo la conversación entre todos ellos, y la transdisciplinariedad que hace avanzar la ciencia y nos permite tener un impacto mayor” explica.

Esa misma perspectiva multidimensional en el estudio de los sistemas vegetales es lo que motiva a Blanco en esta nueva etapa en CAPES: “Cuando Bernardo (González, investigador principal de la línea 2 del centro), me invitó, fue porque nuestras líneas de investigación hacían mucho sentido juntas. Aparte de los áfidos, yo también estudio la interacción de las plantas con bacterias patógenas, y sin embargo, nunca me había dedicado a ver qué pasa con la bacteria y dentro de ella. Yo siempre he mirado todo desde el punto de vista de la planta”.

La investigadora también explica que, en los últimos años, la tendencia a investigar tanto al sistema vegetal como al verdadero consorcio de organismos que interactúan con él, es cada vez más creciente, aunque aún preliminar. En su opinión, “estamos recién comenzando a entender las complejidades de esas interacciones en el mundo real. Cuando los controles que fijamos en el laboratorio desaparecen, desaparecen también muchos de los pronósticos que hacemos y patrones que observamos en la planta. O sea, no sólo aún sabemos poco de estos comportamientos, sino que, integrados en un sistema más grande, como una huerta, vemos que todo cambia”.

Su apuesta a mediano y largo plazo, es que “cuando tu mires todos los componentes juntos, logres visualizar que hay respuestas que ganan por sobre otras. Cuando logremos identificar cuáles son los nodos para las distintas respuestas de la planta ante un ataque, vamos a poder optimizar los diversos sistemas vegetales. Y ese tipo de conocimientos son los que a la larga se necesitan para avanzar en agricultura inteligente y sustentable y hacer plantas más eficientes en el uso de sus recursos y su energía” concluye.

En sus ratos libres —escasos, de un tiempo a esta parte— Blanco gusta de leer y bailar. Su género literario predilecto son las novelas románticas, y en materia musical, la salsa.

Francisca Blanco y las respuestas de las plantas ante un mundo cambiante

“Siempre me gustaron las plantas, siempre supe que iba a trabajar en esa área en particular” cuenta Francisca Blanco apenas nos sentamos en su oficina, un amplio y luminoso despacho ubicado en la sede República de la Universidad Andrés Bello (UNAB), donde la investigadora CAPES —incorporada al centro en 2019— se desempeña como académica y directora general de Investigación.

Pese a ese temprano interés por el mundo vegetal, para la científica la posibilidad de seguir una carrera en las ciencias biológicas pasó más por la serendipia que por un plan meticulosamente concebido. “Mi mamá, que es enfermera, fue abordada un día por uno de los médicos con los que trabajaba, quien le recomendó la bioquímica como opción académica para su hija” relata, “según él, era la carrera del futuro”.

Intrigada, Blanco tardaría un tiempo en confirmar el pronóstico: “Por la forma en que suelen estar ordenadas las mallas curriculares de los programas de biología, no tuve idea de qué era la bioquímica hasta el segundo o tercer año de la carrera, cuando las líneas de estudio comienzan a especializarse”.

Hoy, sin embargo, la apuesta parece haber dado frutos. La bioquímica y doctora en Ciencia Biológicas de la Universidad Católica es una de las científicas más destacadas en el campo de la biología vegetal, presidiendo, de hecho, la sociedad que agrupa a los especialistas de esta disciplina en Chile, y siendo invitada, recientemente, a integrar la junta directiva de la Global Plant Council.

Desde aquella posición, y sumando su vasta experiencia en el estudio de las estructuras genéticas y moleculares que gobiernan el comportamiento de estos organismos, nos comenta sobre los desafíos de la disciplina y la importancia de avanzar hacia una mirada más sistémica a la hora de entender la forma en que una planta responde a los estímulos —y amenazas— del exterior.

Las plantas contra el mundo

El interés particular de Blanco se centra en estudiar la respuesta de las plantas ante diversos fenómenos ambientales, en especial aquellos que inciden negativamente en su equilibrio interno, ya sea se trate de agentes biológicos como insectos o microorganismos (estrés biótico) o agentes físicos como el frío o el calor (estrés abiótico).

“En ese campo, el estudio de las herramientas moleculares que gobiernan la defensa de las plantas se vuelve fundamental” nos cuenta. “Por ser organismos sésiles, es decir, que no pueden desplazarse, las plantas han desarrollado un grado de sofisticación sorprendente a la hora de resistir los distintos estreses a los que, permanentemente, se ven expuestas”.

Como herederas de uno de los linajes más antiguos del planeta, el abanico de procesos involucrados en la resistencia de las plantas al ambiente externo representa un verdadero modelo de referencia cuando se trata de estudiar el desarrollo de otros sistemas inmunológicos en organismos. “A lo largo de nuestra historia evolutiva, nos damos cuenta de que todos los mecanismos que tienen los seres vivos para generar diversidad genética y finalmente resistir estos cambios, están concentrados en las plantas. Los neurobiólogos suelen decir que las plantas no tienen cerebro, pero son sin duda un sistema altamente especializado: hay conversaciones planta a planta, planta y entorno, hacia arriba y hacia abajo… se integran en ella un sinfín de interacciones complejas”.

Pese a ese grado de sofisticación, las plantas hoy se ven expuestas a condiciones y estresores cada vez más extremos, en buena parte debido a la agudización de fenómenos como el cambio climático. La investigadora nos revela que “el estrés hídrico y el estrés por sequía son hoy realidades globales, que en Chile se manifiestan, por ejemplo, en los frutales ubicados en la zona centro del país (cerezos, manzanos, etc.), los cuales, por el aumento de las temperaturas, no están teniendo las horas de frío que necesitan para sus procesos de floración”.

“Las plantas necesitan ciertas señales ambientales para lograr entender en qué época del año y, por tanto, en qué etapa de sus procesos reproductivos, están. Hay frutales que, por ejemplo, necesitan tener un número de horas de frío para saber que deben dejar la dormancia y florecer, y esas horas de frío ya no se están logrando fácilmente. Entonces, la producción anual a la que estaban acostumbrados quienes cultivan esos frutales ya no se está consiguiendo” ahonda.

Pequeños invasores

Para ayudar tanto a plantas como a agricultores en este complejo escenario, Blanco y su equipo se abocan a estudiar la resistencia vegetal ante agentes exógenos como plagas y bacterias. Entre sus líneas de investigación, se encuentra el trabajo con áfidos o pulgones, insectos que drenan a la planta de su contenido de azúcar, reduciendo el tamaño de sus frutos y afectando la productividad de los campos. “Son insectos generalistas, que comen familias enteras de plantas, por lo que es muy difícil controlarlos. El contagio de un cultivo a otro puede ser muy rápido” afirma.

Lo primero que estos investigadores estudian es la estrategia de alimentación que implementan los áfidos para evadir la maniobra defensiva de la planta, o provocar una respuesta lenta o torpe de su parte.

Luego, analizan los mecanismos y procesos que actúan en este sistema de defensa, en todas las etapas del mismo: “La defensa vegetal tiene varios componentes y áreas de estudio. Uno de ellos es cómo la planta identifica que hay algo exógeno que la está atacando, es decir, cómo reconoce que hay un áfido infectándola y cómo el áfido ha sido estratégico para no ser detectado” comenta Blanco.

La investigadora también se dedica a conocer e identificar las rutas de señalización que se activan en la planta para activar la respuesta defensiva, cómo conversan esas rutas, y qué hormonas se utilizan para priorizar un tipo de respuesta sobre otra. “Estamos identificando toda la cascada de señalización asociada a las hormonas centrales de la defensa” dice “y luego los genes que responden para contrarrestar la infección del patógeno”.

“La planta funciona balanceando e integrando todas las señales externas para entender cómo priorizar una respuesta. Porque si la planta está sujeta a múltiples factores como la radiación, el calor, la falta de agua y un patógeno, ésta debe decidir a qué contesta primero: ¿al calor, al estrés hídrico, al patógeno, a todos en cierta medida? Eso es lo que estamos tratando de desentrañar”.

Una mirada sistémica

Aun cuando la investigación de estas estructuras y procesos internos en la planta ayudan a los biólogos vegetales como Blanco a entender mejor el comportamiento de estos organismos, la también investigadora del Centro de Biotecnología Vegetal de la UNAB cree necesario integrar esta mirada especializada con el estudio de los otros seres y sistemas que participan en estas dinámicas.

“La biología molecular es una herramienta importantísima, pero si no integramos eso con el estudio del ecosistema del que la planta forma parte, preguntándonos con quién está interactuando o por qué tiene esos patógenos y no otros, te pierdes finalmente muchos niveles de información. Por intentar simplificar un sistema, nos estamos perdiendo la conversación entre todos ellos, y la transdisciplinariedad que hace avanzar la ciencia y nos permite tener un impacto mayor” explica.

Esa misma perspectiva multidimensional en el estudio de los sistemas vegetales es lo que motiva a Blanco en esta nueva etapa en CAPES: “Cuando Bernardo (González, investigador principal de la línea 2 del centro), me invitó, fue porque nuestras líneas de investigación hacían mucho sentido juntas. Aparte de los áfidos, yo también estudio la interacción de las plantas con bacterias patógenas, y sin embargo, nunca me había dedicado a ver qué pasa con la bacteria y dentro de ella. Yo siempre he mirado todo desde el punto de vista de la planta”.

La investigadora también explica que, en los últimos años, la tendencia a investigar tanto al sistema vegetal como al verdadero consorcio de organismos que interactúan con él, es cada vez más creciente, aunque aún preliminar. En su opinión, “estamos recién comenzando a entender las complejidades de esas interacciones en el mundo real. Cuando los controles que fijamos en el laboratorio desaparecen, desaparecen también muchos de los pronósticos que hacemos y patrones que observamos en la planta. O sea, no sólo aún sabemos poco de estos comportamientos, sino que, integrados en un sistema más grande, como una huerta, vemos que todo cambia”.

Su apuesta a mediano y largo plazo, es que “cuando tu mires todos los componentes juntos, logres visualizar que hay respuestas que ganan por sobre otras. Cuando logremos identificar cuáles son los nodos para las distintas respuestas de la planta ante un ataque, vamos a poder optimizar los diversos sistemas vegetales. Y ese tipo de conocimientos son los que a la larga se necesitan para avanzar en agricultura inteligente y sustentable y hacer plantas más eficientes en el uso de sus recursos y su energía” concluye.

En sus ratos libres —escasos, de un tiempo a esta parte— Blanco gusta de leer y bailar. Su género literario predilecto son las novelas románticas, y en materia musical, la salsa.