Encuentran caballo de 13 mil años oculto bajo salar altiplánico

Un equipo multidisciplinario de científicos y científicas de Chile analizaron los detalles del esqueleto perteneciente a la especie Hippidion saldiasi, cuyo hallazgo es el más al norte y a mayor altitud que se ha registrado. El trabajo fue publicado en el Journal of Vertebrate Paleontology.

Bajo el Salar de Surire, en pleno altiplano chileno, un grupo de investigadores nacionales encontró el esqueleto de un antiguo caballo sudamericano enterrado por más de 13 mil años en dicha zona del desierto de Atacama, a más de 4 mil metros de altitud.

El animal, ya extinto, habría vivido en este territorio al final de la última glaciación, y se trataría de la especie endémica Hippidion saldiasi, del que también se han hallado restos en lugares tan distantes como la Cueva del Milodón, en la Patagonia chilena.

Los detalles de este descubrimiento e investigación fueron realizados por un equipo multidisciplinario conformado por arqueólogos, geólogos y paleoecólogos provenientes de las universidades Austral, de Tarapacá, Católica de Chile y Pennsylvania State University. Sus resultados se publicaron en la revista especializada Journal of Vertebrate Paleontology.

El hallazgo constituye el registro más al norte y de mayor altitud registrado y conocido para esta especie, ampliando su distribución geográfica y ecológica. La especie Hippidion saldiasi es un integrante icónico de la megafauna del Pleistoceno —período que se extiende desde hace unos 2 millones de años, hasta 11.700  atrás­—. Asimismo, el estudio aporta evidencia de cómo habría sido la biodiversidad durante aquella época, en un territorio donde registros de esta naturaleza son escasos y cuyas condiciones actuales evocan una imagen más bien inhóspita del paisaje; a simple vista, cuesta imaginar que estos robustos animales viviendo alguna vez allí.

Historia de un hallazgo

La historia de este descubrimiento comenzó en 2013, cuando los restos óseos del animal fueron descubiertos accidentalmente durante las actividades de extracción de borato en el Salar de Surire. “Un operador de maquinaria pesada removía las capas superficiales de sal cuando afloraron a ras del suelo los primeros huesos del caballo, que yacía sepultado a un metro y medio, aproximadamente, de profundidad”, explica el Dr. Claudio Latorre, investigador del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) y uno de los autores del trabajo.

Intrigado por el volumen y brillo de los huesos, un geólogo que participaba en las faenas decidió detener la operación. “Parte de nuestro equipo se hizo presente en el lugar pocos días después para establecer que efectivamente se trataba de osamentas de un caballo extinto muy bien conservado. Destacaba, en el cráneo, entre sus rasgos distintivos, sus prolongadas fosas nasales que se proyectaban hacia adelante, rasgo muy diferente al de un caballo actual. Aunque se convino un plan de acción con la empresa, todas las partes esqueletales y el cráneo del animal fueron rescatadas, con lo que comenzó una larga e increíble historia, hasta que los huesos lograron llegar hasta el Mueso San Miguel de Azaa de la Universidad de Tarapacá, en Arica”, complementa Calogero Santoro, investigador de la U. de Tarapacá que participó del estudio.

En el Museo, los restos fueron analizados por la investigadora del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (CAPES) y del IEB, Natalia Villavicencio, además de Rafael Labarca de la Universidad Austral y Francisco Caro, estudiante de pregrado en arqueología de la U de Tarapacá.

“El caballo fue identificado como un Hippidion sobre la base de un análisis comparativo con huesos de otros ejemplares de la especie ya identificados, medidos y publicados en Chile y Argentina.  Sobre las mediciones de sus huesos, calculamos la masa corporal y notamos que este espécimen era bastante grande en relación a otros hippidiones encontrados”, comenta Villavicencio. La investigadora cuenta que, pese a eso, este género de équidos era más pequeño que los caballos actuales, y más robusto. “Su cabeza también es más grande en relación a su cuerpo y la proporción en caballos modernos. Además, sus patas eran más cortas”, declara.

A partir de estos estudios, se pudo estimar la edad aproximada de muerte del caballo, el cual se cree tenía entre 3.5 a 4 años al momento de morir. Esto fue logrado gracias a la observación del estado de desarrollo de los dientes, su fémur y húmero recuperados. La edad del esqueleto se determinó a través de análisis de carbono 14 sobre restos de colágeno presentes en los huesos.

Muerte entre lluvias

La datación de las osamentas indicó que éstas tenían unos 13 mil años de antigüedad, lo que ubica al animal hacia el final del Pleistoceno, en plena época postglacial, de grandes cambios ecológicos y climáticos. “En esta época se identifican dos eventos pluviales grandes, de mucha precipitación en la cordillera de los Andes, donde estos lagos que hoy son salares habrían tenido más agua. Este caballo habría existido al inicio del segundo evento de mayor humedad en el Altiplano; un momento transicional cuando el lago no tenía tanta agua”, comenta Natalia Villavicencio.

Estas particulares condiciones permitieron a los investigadores conjeturar acerca de las circunstancias de muerte del caballo. En ese sentido, Claudio Latorre comenta que “lo interesante de la ubicación del hallazgo, es que estaba en un nivel de profundidad tal, que, probablemente, allí antes existía un humedal o turbera. Por ello, también es interesante el contexto medioambiental en el que se produce el hallazgo, pues sería un caballo que se quedó atrapado ahí, todo lo cual facilitó su conservación hasta nuestros días”, explica.

Natalia Villavicencio complementa este punto: “El caballo habría muerto cuando el ambiente estaba transicionando desde su antigua condición de lago a una más intermedia, lo que habría facilitado que se enterrara fácilmente y se preservara tan bien”.

Un refugio en altura

Este evento también nos habla del rol que tuvo el Altiplano para la biodiversidad de esa zona durante este período geológico y climatológico.

“Este caballo es súper interesante, porque vivió en un contexto de mayor sequía, posterior a un período de mucha humedad del que tenemos mucha evidencia de fauna extinta, en otras zonas del desierto como la Pampa del Tamarugal. Entonces, uno podría pensar que animales que estaban ocupando zonas más desérticas tuvieron que refugiarse más arriba en el Altiplano. De hecho, hay mucha evidencia que indica que el Altiplano fue el lugar donde muchas especies se cobijaron durante los períodos interglaciales, porque es el único espacio más húmedo que va quedando, a medida que el desierto se va secando más abajo. En ese sentido, el Altiplano constituye un refugio interglacial muy importante”, relata el Dr. Latorre, también académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

En la época del caballo de Surire, pequeños grupos de cazadores recolectores se expandían por los ecosistemas más diversos de Sudamérica, incluyendo los ambientes andinos, como el altiplano chileno. Este espécimen, sin embargo, no murió por mano humana. Dicho de otro modo, no se encontraron restos arqueológicos asociados al esqueleto, por lo que técnicamente se trata de un hallazgo paleontológico.

El Hippidion saldiasi es una de las especies extintas del género Hippidion, miembros de la familia Equidae. En la actualidad, sólo un género de esta familia sobrevive en el planeta. Caballos, asnos y cebras son hoy en día los únicos representantes de este grupo de mamíferos otrora próspero y diverso.

Este trabajo, liderado por el arqueólogo Rafael Labarca, constituye un avance más en el conocimiento de esta familia, su ecología y distribución. “Hay muy pocos hallazgos de megafauna en el Altiplano. Y éste abre la posibilidad de explorar, y ver cómo eran los ecosistemas de altura durante el Pleistoceno”, sostiene Latorre.

Por otro lado, el estudio también permite proyectar posibilidades de restaurar ecosistemas especialmente, en este territorio. El investigador del IEB, señala que actualmente hay un proceso de refaunamiento accidental, con la introducción del burro en el Altiplano, animal que probablemente estaría ocupando el mismo nicho ecológico que el Hippidion saldasi, ayudando así “a recuperar interacciones ecológicas que hace miles de años dejaron de existir”, concluye.

 

Texto: Comunicaciones CAPES e IEB
Foto: Calogero Santoro

Planificando una conservación eficiente del hotspot de biodiversidad de Chile central

Por medio de un modelo de planificación que considera la representación de la biodiversidad y el acceso social a la naturaleza, un grupo conformado por investigadores CAPES estudió el nivel de accesibilidad y representatividad que poseen actualmente las áreas protegidas que resguardan la biodiversidad de la zona central de Chile, una de las zonas más amenazadas y biodiversas del mundo.

Desde los primeros esfuerzos por catalogarlas a comienzos de este siglo, la identificación de aquellas zonas con mayor diversidad biológica y, al mismo tiempo, más amenazas del planeta—conocidas como hotspots o “puntos calientes” —, planteó el enorme desafío de proteger y conservar las especies presentes en ellas. Estos puntos de biodiversidad comparten un alto endemismo vegetacional (un gran porcentaje de su flora sólo existe allí) y cierto nivel de vulnerabilidad en la región. Se sabe que, en conjunto, estas zonas ocupan menos del 5% del territorio del planeta, pero contienen más de la mitad de sus especies conocidas.

Declarada como tal el año 2000, la región de nuestro país que abarca parte del desierto de Atacama, el bosque matorral esclerófilo y el bosque Valdiviano, denominada formalmente como el “Chile Central”, es una de estas zonas.

De este amplio territorio en peligro, la biodiversidad de Chile central ha recibido especial atención a causa de su alto nivel de vulnerabilidad, provocada principalmente por la alta concentración de personas (gran parte de la población del país) que cohabita este ecosistema, la desigualdad en el acceso de éstas a las áreas silvestres, y los altos grados de amenaza que sufren las especies allí presentes (23% de ellas presente en la lista roja de especies de la IUCN).

Ante este escenario, la pregunta sobre qué tan accesibles a las personas son las áreas protegidas que resguardan el matorral esclerófilo, y qué tan representativas son éstas últimas de la biodiversidad de la región, motivó a la ecóloga del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (CAPES) María José Martínez, a indagar sobre el estado de conservación presente en una de las zonas con mayor riesgo de colapso ecológico del país.

Martínez abordó estas preguntas a través de una metodología denominada planificación sistemática de la conservación, un proceso que busca establecer metas y objetivos de conservación a través de soluciones óptimas a costos mínimos. Los objetivos de esta metodología incluyen evaluar la representación de la biodiversidad y de los servicios ecosistémicos —es decir los beneficios que la sociedad obtiene de la naturaleza para el bienestar humano— presentes en los territorios.

“Tener en cuenta los costos de la conservación (como el costo de adquisición de tierras) tiene el potencial de mejorar la efectividad de los resultados en la planificación de áreas para la conservación, y ayuda a evitar errores costosos. Además, esta planificación sistemática permite incorporar la mejor información científica y clarificar los costos y beneficios que implican ciertos escenarios que llevan a una toma de decisiones más informada. La serie de soluciones que se generan implica la selección óptima de una red de áreas que cumplan mejor con las metas de conservación definidas, además de informar sobre cuándo y cómo agregar áreas a la red de conservación ya existente”, explicó la investigadora.

En un reciente artículo publicado en la revista People and Nature, Martínez y un conjunto de colaboradores detallaron la aplicación de esta metodología en el Chile Central, el cual cuenta con 65 áreas protegidas, tanto públicas como privadas, que buscan asegurar su conservación. Los resultados mostraron que es posible mejorar la accesibilidad social y la representación de la biodiversidad existente en estas áreas, a un menor costo.

Entre sus conclusiones, los autores plantearon un escenario más eficiente que considera tanto el costo de la tierra como el acceso social, el cual propone que la ampliación de la actual red de áreas protegidas en tan solo un 3%, podría significar un 86% de crecimiento en la representación de su biodiversidad, y un 18% de aumento en la accesibilidad social a estas áreas protegidas.

Dichos resultados son particularmente relevantes considerando la situación de los ecosistemas de bosque mediterráneo costero de la zona central, donde la actual red de áreas protegidas solo cubre una pequeña proporción de estos bosques. Así, el estudio podría ayudar a encontrar nuevas oportunidades de conservación en la región, determinando que acciones tomar y dónde.

“La clave del estudio, es que incorpora aspectos sociales y servicios ecosistémicos culturales en la planificación para la conservación. De esta forma se sugieren mejoras a sistemas de áreas protegidas que incluyen aspectos tan importantes como la equidad en el acceso a estas zonas” explicó el biólogo CAPES Stefan Gelcich, uno de los autores del estudio.

Los investigadores también señalan que la nueva política de conservación privada (Derecho real de conservación, Ley 20.930), instituida en Chile en 2016, podría ayudar a compensar los costos de conservación a través de asociaciones público-privadas, sobre todo si consideramos que la mayor parte del área estudiada, con alto valor de conservación, se encuentra en terrenos privados.

Chile es uno de los países con mayores índices de desigualdad del mundo, los cuales afectan todas las dimensiones del bienestar humano, entre ellos el acceso a la naturaleza. “La consideración de la accesibilidad social a las áreas protegidas utilizada en este estudio podría incrementar el éxito de las áreas protegidas como herramienta de conservación al acercar a las personas a la naturaleza”, finalizó Martínez.

Texto: Comunicaciones CAPES

Las respuestas de la vinchuca, transmisora del mal de Chagas, al cambio climático

Dos estudios de investigadores CAPES analizaron las maneras en que este insecto, habitante de las zonas norte y centro de nuestro país, se aclimata a los cambios de temperatura cada vez más extremos en esta parte del planeta.

La vinchuca es un insecto ectotermo. ¿Qué significa esto? Que su nivel de actividad física, comportamiento y supervivencia responden a los cambios ambientales (o externos) de temperatura. Pero, ¿por qué podría ser relevante este dato para nosotros? Pues porque muchos insectos que son vectores de enfermedades, como la vinchuca, se ven expuestas a la variabilidad de temperaturas producidas por el cambio climático, alterando su fisiología y ecología, y haciendo más difícil el éxito de los programas que buscan erradicar su amenaza como foco de plagas o epidemias.

En Sudamérica, existen varios insectos transmisores de enfermedades, como el mosquito Aedes aegypti, vector del dengue, o las moscas negras (género Simulium) causantes de Oncocercosis o “ceguera de los ríos”. La vinchuca (Triatoma infestans), es un insecto hematófago, es decir, que se alimenta de sangre de mamíferos, especialmente de humanos. Mientras sacia su sed, el insecto es capaz de depositar al parásito Trypanosoma cruzi en la piel de sus huéspedes, y éstos, al rascarse, lo introducen en su organismo provocando la enfermedad de Chagas.

La OMS calcula que en el mundo hay entre 6 y 7 millones de personas infectadas con este mal, la mayoría de ellas en América Latina. Ésta puede presentarse como una infección aguda (muchas veces asintomática) o convertirse en una enfermedad crónica que afecta al corazón o al aparato digestivo. A pesar de tener tratamiento en su fase aguda, cada año se producen nuevos contagios, afectando mayormente a la población rural y vulnerable.

Dos equipos de investigadores CAPES, sin embargo, han estado trabajando en el estudio de cómo la vinchuca se adapta a los acelerados cambios que se producen en su ambiente, y dos de sus últimos papers publicados dan nuevas luces sobre su paulatina aclimatación.

Cambios de comportamiento ante cambios de temperatura

“Como las vinchucas son animales ectotermos, lo que significa que su actividad está directamente relacionada con la temperatura del ambiente, para tener planes más efectivos de manejo se necesita información sobre dos variables: la relación entre el desempeño del animal y la temperatura del ambiente y la capacidad de ajustarse a las condiciones térmicas del ambiente, es decir, si presenta plasticidad fenotípica”, explica la Dra. Grisel Cavieres, fisióloga evolutiva de CAPES y una de las autoras del paper “Thermal performance of the Chagas disease vector, Triatoma infestans, under thermal variability” publicado en la revista Plos Neglected Tropical Diseases.

El estudio buscó evaluar el impacto de la variabilidad de temperatura en la respuesta térmica de la vinchuca y el grado de plasticidad de este insecto antes los cambios de su ambiente. En el trabajo también participaron los investigadores CAPES Francisco Bozinovic y Avia González, además de Sabrina Clavijo-Baquet (autora principal) y Pedro Cattan.

Investigaciones previas en vinchucas describieron las temperaturas máximas y mínimas críticas en que el desempeño de esta especie es cero, es decir, en que el insecto está ecológicamente muerto, no puede moverse, alimentarse, reproducirse o realizar ninguna función para el mantenimiento de la población. “Saber qué ocurre en medio de dichas temperaturas”, comenta Cavieres, “es relevante, ya que el cambio climático proyecta un incremento de la temperatura ambiental promedio y un aumento en su variabilidad, por lo que son necesarios estudios que incluyan estos escenarios”.

En cuanto al método de investigación, la investigadora comenta que “se utilizaron curvas de desempeño térmico, que evalúan la relación entre un amplio rango de temperaturas y el desempeño locomotor, que es la velocidad de desplazamiento de las vinchucas. Las curvas de desempeño permiten tener información sobre máximo desempeño y la temperatura en que se alcanza, además de las temperaturas críticas. Se comparó el desempeño de vinchucas que viven en ambientes térmicos variables (variabilidad de 5ºC más o menos) y en ambientes donde la temperatura no varía (variación 0ºC). Además, en ambientes con distintas temperaturas, por ejemplo, 18ºC, 27ºC y 30ºC”.

¿Cuáles fueron los resultados obtenidos? El efecto de la variabilidad térmica en las vinchucas depende de la temperatura ambiental: “La variabilidad térmica tuvo efectos positivos en el desempeño de vinchucas aclimatadas a altas temperaturas. Es decir, ambientes cálidos y fluctuantes favorecieron la actividad locomotora de las vinchucas. Los resultados están en sintonía con lo proyectado por el IPCC, que señala un aumento de incidencia de Enfermedades Transmitidas por Vectores (ETVs) en Sudamérica. Por otra parte, la variabilidad térmica en ambientes de baja temperatura tuvo efectos negativos en el desempeño de las vinchucas. En este sentido la temperatura de invierno ha sido varias veces señalada como una de las limitantes de las poblaciones”, concluye Cavieres.

Estos hallazgos, afirman los investigadores, presentan un desafío mayor a la hora de predecir los cambios en la distribución de este vector bajo un cada vez más agudo cambio climático.

Vinchucas en Bolivia

La plasticidad descrita por Cavieres, González, Bozinovic y cia. es una característica propia de toda la subfamilia de insectos a la que pertenece la vinchuca (Triatominae). Especies de este grupo presentan un alto nivel de variación morfológica, también descrita como plasticidad fenotípica, que les permite aumentar o disminuir de tamaño en respuesta a la variación ambiental a corto plazo o cambiar su forma a largo plazo, variando su genética.

Para determinar un patrón de adaptación biológica de vinchucas en dos regiones de Bolivia, el investigador CAPES y docente de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, Dr. Marco Méndez, estudió poblaciones de este insecto presentes en el Chaco y el valle interandino, con el objetivo, nos dice, de “evaluar los procesos de infestación y proponer programas de control de vectores”.

El estudio, titulado “Unraveling the Morphological Variation of Triatoma infestans in the Peridomestic Habitats of Chuquisaca Bolivia: A Geometric Morphometric Approach”, analizó la plasticidad morfológica y el dimorfismo sexual de T. infestans en dos ambientes geográficos: los valles interandinos, con temperaturas entre 17ºC y 24°C y humedad superior al 40% y el Chaco, con temperaturas superiores a 30°C y humedad inferior al 20%.

“La vinchuca vuela en los meses más cálidos cuando las temperaturas se acercan a los 30°C. A temperaturas inferiores a 20°C, no vuela” describe el profesor Méndez, “por lo que la reinfestación de peridomicilio a intradomicilio se vuelve difícil porque los insectos deben caminar para alimentarse”. De este modo, las condiciones ambientales desfavorables conducen a circunstancias en las que las hembras tienen la prioridad para alimentarse, lo que resulta en machos más pequeños (en forma y tamaño). En consecuencia, las hembras se vuelven más grandes que los machos, y esto tiene implicancias en la fertilidad, pues está en directa relación al tamaño de la hembra.

Entre los resultados encontrados, se observó “un dimorfismo sexual de tamaño y forma en relación a factores ambientales y nutricionales; en específico, los factores ambientales tuvieron un efecto significativo sobre el tamaño y la forma, y la nutrición un impacto en la variación de la forma de la cabeza. Estos resultados servirán como punto de partida para comprender mejor las dinámicas locales de cada población y sus consecuencias en los procesos de reinfestación. Toda esta información permitirá diseñar programas de control de vectores con base en la historia natural de las poblaciones”, explica Méndez.

Como podemos ver, ambas investigaciones muestran que la vinchuca respondería al aumento de temperatura mediante adaptaciones morfológicas y de comportamiento específicas, información que se debe tomar en cuenta al momento de planificar medidas para el control de este insecto en su hábitat.

En mayo de 2019 la Asamblea Mundial de la Salud estableció el 14 de abril como el Día Mundial de la Enfermedad de Chagas, debido a que ese día de 1909, Carlos Chagas, médico e investigador brasileño, diagnosticó el primer caso humano de la enfermedad en Berenice, una niña de dos años.

 

Texto: Comunicaciones CAPES
Foto: Vinchuca, Dra. Grisel Cavieres

Juan Pablo Pavissich, diseñando tecnologías sustentables

Conversamos con el investigador de la línea 2 de CAPES y la UAI sobre su trabajo desarrollando biotecnologías sustentables para el tratamiento de aguas, además de su trayectoria académica y profesional.

El Chile de fines de los años 80 y comienzos de los 90 era muy distinto al de nuestros tiempos. Por ejemplo, en Santiago, la contaminación del río Mapocho y de canales como el San Carlos y el Zanjón de la Aguada era evidente a simple vista. En la costa de la Región de Valparaíso, no era raro ver tubos emisarios que descargaban directamente sus residuos al mar. Ese era el país que vio Juan Pablo Pavissich en su adolescencia, imágenes que llamaron poderosamente su atención y lo motivaron a interesarse en los flujos de agua y su tratamiento para remediar la contaminación.

Juan Pablo Pavissich, ingeniero y biólogo

Actualmente, Juan Pablo es uno de los investigadores de la línea 2 de CAPES “Aproximaciones de la bioingeniería a la protección del medio ambiente y las tecnologías sustentables”, en la que ha aportado con investigaciones relacionadas con el tratamiento de aguas a partir de microorganismos, y donde su formación como Ingeniero y Biólogo representa una ventaja para un tema que necesita de soluciones multidisciplinarias.

Además de colaborar en CAPES, el Dr. Pavissich es profesor asociado de la Facultad de Ingeniería y Ciencias y director de la carrera de Ingeniería Civil en Bioingeniería de la Universidad Adolfo Ibáñez.

Ingeniero y biólogo

Vía Zoom, el investigador nos cuenta que fue uno de los estudiantes que, en su época universitaria, siguieron dos carreras en paralelo: Ingeniería Civil Ambiental y Licenciatura en Biología en la Pontificia Universidad Católica. “Cuando entré a la especialidad Ambiental en Ingeniería, comencé a estudiar la remoción de contaminantes del medio ambiente y mucho de eso tiene que ver con biotecnología, es decir, con incorporar agentes biológicos en los sistemas de tratamiento que se diseñan desde la ingeniería. Entonces, tenía una necesidad por entender mejor la biología detrás de estos sistemas y ahí entré a estudiar también Biología”, recuerda Pavissich.

Realizó sus primeras investigaciones científicas en el pregrado, como parte del proceso de finalización de ambas carreras. Su memoria de título de Ingeniería fue sobre biocorrosión de cañerías de cobre en un sector rural de Talca: “la superficie del material de estas cañerías, que se alimentan de agua de pozo o de noria, muchas veces no tienen cloro residual que eliminen los microorganismos que están circulando, y lo que ocurre, es que estos se alojan como biopelículas o biofilms, crecen sobre el metal y aceleran las tasas de corrosión, disminuyendo la vida útil de las cañerías”.

Por otra parte, la investigación para la licenciatura en Biología fue la caracterización de comunidades microbianas en sedimentos contaminados por cobre en la bahía de Chañaral, en el parque Pan de Azúcar. “En esos sedimentos, los microorganismos también crecen formando biofilms. Esos proyectos iniciales en los que trabajé en investigación gatillaron mi interés en seguir investigando y especializándome en biofilms”, comenta.

El paso por Estados Unidos y Europa

El Ingeniero Civil cursó su Doctorado en Ingeniería Ambiental en la Universidad de Notre Dame, ubicada en la ciudad de South Bend, Estados Unidos: “South Bend es una ciudad pequeña que queda en la zona de los grandes lagos en el norte del país, cerca de Canadá. Casi todo giraba en torno a la universidad, donde está todo armado para que uno pueda dedicarse a la investigación, con apoyo e infraestructura impresionante y con especialistas que son del más alto nivel. Tuve la suerte de trabajar con Robert Neremberg, mi guía de tesis, que es un gran referente en biotecnología ambiental y con quien sigo colaborando hasta hoy”, afirma el investigador.

Finalizando su paso por EEUU, explica, surgió la posibilidad de realizar una investigación postdoctoral en el Departamento de Biotecnología de la Universidad Técnica de Delft, Holanda, especializándose en modelamiento matemático de sistemas de tratamiento. Allí, el investigador pasó del trabajo casi exclusivamente experimental a la simulación computacional, herramienta que, en sus palabras, se complementa muy bien con la experimentación en sistemas de agua.

La experiencia en Estados Unidos y Europa la resume así: “Notre Dame era verde, amplio y en Holanda estaba en una zona muy urbana, ambos lugares muy distintos; en Estados Unidos la investigación se hace de manera muy eficiente, trabajando mucho y en Holanda trabajando menos, porque los europeos en general tienen una jornada de trabajo más ligera, pero se logra el mismo nivel de productividad. Creo que tiene que ver mucho con la cultura de ambos lugares”.

Biofilms en todos lados

Microorganismos como las bacterias pueden crecer formando un sistema biológico llamado biofilm o biopelícula. Éstos están presentes en muchos lugares, como en los sistemas de tratamiento de aguas o en la placa bacteriana de los dientes. Las biopelículas pueden deteriorar infraestructura en distintas industrias como la de alimentos, pesquera, biomédica y otras.

“Yo estudio los biofilms desde un punto de vista fundamental; cómo se forman, cómo crecen, la ecología microbiana, sus propiedades mecánicas, cómo interaccionan con flujos de agua, etc. Me ha tocado trabajar con personas que se enfrentan a este problema desde las más variadas disciplinas: la física, mecánica de fluidos, ingeniería tradicional, ecología, microbiología. La biotecnología ambiental ha ido evolucionando porque estos sistemas biológicos y los problemas a los que están asociados, son multidisciplinarios”, asegura Juan Pablo.

Lodos granulados

A la tecnología convencional que se utiliza en la gran mayoría de las plantas de tratamiento de aguas del mundo desde hace más de 100 años se la conoce como de lodos activados. En un sistema aeróbico, en estanques aireados, los microorganismos se alimentan de los contaminantes y crecen formando flóculos, que son agregados de biomasa con forma irregular y que no sedimentan fácilmente. Para separar la biomasa residual del agua, ésta debe pasar de un reactor de tratamiento a grandes decantadores o clarificadores, donde el proceso se ralentiza.

El gasto de energía para airear el sistema y el costo para construir estos decantadores hace que el método convencional sea caro y complejo para las empresas del rubro, además de energéticamente muy intensivo y poco sustentable desde el punto de vista ambiental.

La nueva tecnología estudiada por Juan Pablo, la de lodos granulados, es un sistema basado en biopelículas que permite optimizar el proceso de tratamiento de aguas residuales urbanas. “La ventaja del lodo granular es que los microorganismos en vez de formar estos agregados irregulares forman gránulos, como unas esferas, que son muy densas en biomasa y que decantan fácilmente. Por lo tanto, en los reactores se tiene esta biomasa, que hace lo mismo que en el sistema convencional, pero que no necesita de grandes unidades de sedimentación, porque se separan solas del agua en la misma unidad de tratamiento”, explica el académico.

De este modo, con la tecnología de lodos granulados es posible tener plantas de tratamiento más pequeñas, debido a que no se necesita una aireación excesiva, no se requieren grandes unidades adicionales de sedimentación y se generan menos lodos, por lo que los costos de operación disminuyen. El investigador cuenta que “junto con el profesor de la UAI José Luis Campos, estamos desarrollando una tecnología que puede funcionar a escala real y en base a las investigaciones que hemos realizado patentamos una forma de implementar este proceso. Actualmente queremos llevar los lodos granulados a plantas que ya existen, gracias a un convenio de trabajo con sanitarias de la región de Valparaíso. En el mundo ya funcionan plantas nuevas de lodo granulado, lo que nosotros estamos haciendo es tratar de transformar las plantas existentes de lodo activado en lodo granulado”.

Estos son sólo algunos de los temas que estudia Juan Pablo Pavissich, quien se ve en 10 años más continuando con sus investigaciones en un laboratorio, con un grupo de investigación consolidado y formando capital humano avanzado, siguiendo con su trabajo en biofilms y tratamiento biológico de contaminación ambiental, pero también diversificando sus líneas de investigación. Una de sus aspiraciones es lograr ver alguno de sus desarrollos tecnológicos implementado en la industria, apuntando a que los procesos respeten el medio ambiente, sean más eficientes y sostenibles.

Texto: Mónica Paz, CAPES

¿Sirve el estiércol de cerdo para recuperar suelos quemados por incendios?

Un estudio con enmiendas orgánicas en suelos de bosques abrasados por el fuego muestra el potencial de los desechos de la industria porcina para recuperar los microorganismos necesarios para el crecimiento de la vegetación nativa local.

Los incendios siempre han sido parte de las dinámicas de los ecosistemas boscosos. Sin embargo, el aumento de la temperatura, la sequía, los cambios en las composiciones de comunidades de plantas y otras alteraciones relacionadas con el clima han aumentado la probabilidad de que este tipo de eventos se vuelvan más frecuentes, de mayor intensidad y amplitud.

Ese es el caso de la zona central de nuestro país y los incendios estivales que afectaron las regiones del Maule, Bio Bio y O’Higgins en 2017. Catalogados en su conjunto como un “mega incendio” debido a la gran extensión en superficie de zona afectada, cerca de 600.000 hectáreas fueron alcanzadas por el fuego en dicha ocasión, superando largamente las 50.000 hectáreas promedio anuales que se ven arrasadas por estos eventos en el país.

Pero una vez afectados, ¿es posible recuperar los ecosistemas boscosos de aquellas zonas diezmadas por este mega incendio? ¿podemos acelerar el proceso de recuperación con enmiendas orgánicas aplicadas en los suelos quemados? ¿Qué tipos de enmiendas son las más adecuadas?

Estas fueron algunas de las preguntas que la investigadora CAPES y profesora de la Universidad de O’Higgins, Claudia Rojas, se planteó. Para encontrar las respuestas, Rojas realizó un estudio piloto en Pumanque (una de las comunas más afectadas por el mega incendio de 2017) con el objetivo de identificar los efectos tempranos de diferentes enmiendas orgánicas y distintos métodos de establecimiento de plantas, sobre las condiciones biológicas y fisicoquímicas en un suelo de bosque esclerófilo quemado.

La investigadora utilizó enmiendas de tipo compost, estiércol porcino y estiércol de aves de corral, además de probar métodos de siembra de semillas y plantaciones de vegetación de especies nativas que crecen normalmente en el bosque esclerófilo, como el quillay, el boldo y el litre.

Como evaluadores indirectos del desempeño de estas enmiendas, se escogieron microorganismos del suelo que respiran O2 y utilizan compuestos orgánicos como fuente de carbono de los suelos. Específicamente, se observaron y cuantificaron las unidades formadoras de colonias (CFUs por sus siglas en inglés), que se forman luego de un período de incubación de seis meses de estas comunidades.

Los resultados, publicados en la revista Agro Sur, revelaron que la aplicación de estiércol porcino e incorporación de plántulas de quillay, boldo y litre fue el tratamiento que evidenció CFUs similares a ecosistemas de referencia contiguos al lugar afectado, a los que el fuego no había logrado alcanzar.

“Además, observamos que el recuento de colonias fue siempre mayor en los tratamientos que recibieron plantas versus semillas de las mismas especies mencionadas anteriormente. Por último, las respuestas de las propiedades fisicoquímica de los suelos a los tratamientos evaluados fueron siempre menos marcadas que las condiciones biológicas” afirmó Rojas.

Este estudio de caso permitió evaluar las respuestas a corto y mediano plazo de las condiciones de suelo frente a la incorporación de materia orgánica fresca. En el largo plazo, contó su autora, permitirá evaluar otros indicadores de suelo que consideren la diversidad funcional y filogenética.

“Este tipo de conocimiento podrá ser aplicado en futuras prácticas de restauración de ecosistemas de bosque afectados por incendios en la zona central de Chile, prácticas que usualmente se enfocan mayoritariamente en recuperar condiciones biológicas sobre el suelo y no dentro de este. Este último punto es de vital importancia, ya que la recuperación de las condiciones edáficas es fundamental para el restablecimiento y sucesión de la vegetación después de la ocurrencia de un incendio”, concluyó Rojas.

 

Texto: Comunicaciones CAPES

Con un padre no basta: la estrategia del rayadito para asegurar su descendencia

Un reciente trabajo reveló la existencia de crías “extra pareja” en nidadas de dos poblaciones de rayadito, un ave socialmente monógama, en Chile, confirmando la idea de que, en ocasiones, la fidelidad no es la mejor estrategia genética.

Un estudio realizado por investigadores de Chile, Argentina y Alemania evaluó la ocurrencia de crías nacidas fuera de la pareja en dos poblaciones de rayadito (Aphrastura spinicauda), un habitante alado de los bosques de Chile y Argentina que, en nuestro país, anida a lo largo de una extensa área que abarca de la región de Coquimbo a Tierra del Fuego.

La “paternidad extra pareja” (EPP, por sus siglas en inglés) es un suceso común en aves socialmente monógamas, es decir, que conviven con una única pareja durante el período de cría, y se produce cuando, al interior de la nidada, existen polluelos de padres distintos al padre social.  Sin embargo, información acerca de la presencia de este comportamiento en especies oriundas de zonas tropicales o subtropicales, como el rayadito, son aún escasos.

Valiéndose de un estudio de largo plazo iniciado en 2007, los investigadores recopilaron datos de más de 266 nidadas y 895 polluelos de esta especie a lo largo de seis temporadas de cría (del 2010 al 2017) en dos localidades del país: el Parque Nacional Fray Jorge, en la zona centro-norte, y los bosques australes de Isla Navarino, en el sur. ¿El objetivo? Estimar la frecuencia de aparición de crías nacidas en “paternidad extra pareja” (EPP) y la “descendencia extra pareja” (EPO).

“Se piensa que la poliandria es un comportamiento que le permite a las hembras obtener beneficios, aumentando la calidad genética de la descendencia. Esta hipótesis se conoce como de compatibilidad genética o “buenos genes”. Otra hipótesis es que las hembras infieles reduzcan el riesgo de fallar en su intento reproductivo en caso de que su pareja social sea infértil” comenta la investigadora CAPES y académica de la Universidad de Las Américas, Yanina Poblete, una de las autoras del estudio.

Los resultados del trabajo muestran que un 14% de las nidadas de rayadito de la zona norte (Fray Jorge) presentaron al menos un polluelo “extra pareja” (EPP) totalizando un 21% de polluelos con este tipo de descendencia (EPO). Por su parte, la población de rayaditos del sur (Isla Navarino) presentó un 6 % de nidadas con EPP, mientras que sólo el 14% del total de los polluelos provino de un macho distinto al principal.

Según los investigadores, esta marcada diferencia en las tasas de EPP (14% vs 6%) entre las poblaciones del norte y del sur puede deberse a las distintas presiones selectivas a la que se ven expuestos los rayaditos de una y otra región. Entre las posibles razones de esta variación, especulan, están las limitaciones de tiempo que una temporada de apareamiento más corta en la zona sur impone en los rayaditos, y la mayor posibilidad de encuentros con otros machos en comunidades más densamente pobladas como la del norte, a causa de la alta fragmentación de sus bosques.

Aun cuando los autores sugieren el estudio de más poblaciones de rayaditos para poder determinar patrones taxonómicos y entender mejor las diferencias ecológicas en las dinámicas poblacionales de esta especie, los resultados de este trabajo parecen apoyar algunas de estas ideas.

La poliandría en aves socialmente monógamas ha sido reportada en trabajos científicos previos, sin embargo “este trabajo es uno de los pocos estudios que describe el sistema de apareamiento en un ave neotropical y sienta las bases para explorar nuevas hipótesis respecto a los factores que determinan la variabilidad intraespecífica de esta conducta y las implicancias que podría tener en el éxito reproductivo” remarca Poblete.

Este estudio, publicado en la revista Ecology and Evolution, es el primero de una serie de papers que amplían el conocimiento de la poliandría en el rayadito y su importancia ecológica.

Texto: Comunicaciones CAPES
Foto: Yanina Poblete

CAPES, IEB y (CR)2 firman convenio para investigar los cambios socio-ecológicos del Chile central producto del cambio climático

Uno de los objetivos de este acuerdo es evaluar la capacidad de resiliencia de los bosques de la zona central afectados por la mega sequía, los incendios y el cambio de uso de suelo, mediante la creación de una red de parcelas permanentes.

¿Cómo ha cambiado la biodiversidad, los servicios ecosistémicos, y las economías locales de la zona central?, son algunas de las preguntas que esperan ser abordadas por investigadores de estas tres instituciones.

Consolidar una línea de investigación que aborde los cambios socio‐ecológicos en ecosistemas que se encuentran en proceso de transición por el cambio climático, es el desafío del reciente convenio de colaboración firmado entre la el Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad, CAPES, la Corporación Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB, y el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2.

El acuerdo fue impulsado por los investigadores Juan Ovalle (CAPES), Cristián Delpiano (IEB) y Alejandro Miranda (CR2), fundadores también de la recientemente creada Mesa Multisectorial por el Bosque Esclerófilo, instancia en la que identificaron la urgencia de observar con mayor profundidad los efectos negativos que este fenómeno tiene en los ecosistemas terrestres y la biodiversidad del país, así como en el bienestar de la sociedad.

“Mediante este convenio, esperamos vincularnos con tomadores de decisiones del ámbito público y privado, y personas que están intentando hacer cambios a nivel particular, apoyados por la evidencia científica”, explicó Juan Ovalle, investigador CAPES, durante la firma telemática del convenio, que también contó con la presencia de los directos de los tres centros y científicos asociados al convenio.

Cristián Delpiano, investigador del IEB y la Universidad de La Serena, comentó que “a través de la Mesa que formamos, vimos que el problema que está enfrentando el bosque esclerófilo, es muy grande. A través de este nuevo proyecto, nos preguntamos qué trayectoria estarían siguiendo los sistemas socio-ecológicos asociados a ecosistemas mediterráneos de Chile central, frente a las presiones que están sucediendo ahora: la mega sequía, mega incendios forestales y cambios de uso de suelo progresivos, una situación que se está viviendo hace décadas, y que cada vez está contribuyendo más a disminuir la superficie de estos ecosistemas naturales”.

Alejandro Miranda, del (CR)2, relevó la urgencia de entender y enfrentar este desafío socio-ecológico de gran escala, y que, para ello, “es imperante analizar estos cambios abruptos sobre el bosque a nivel de la biodiversidad, la productividad, los servicios ecosistémicos, las economías locales, las transformaciones en los regímenes de incendios e hidrológicos, y las emisiones de gases desde los bosques”, entre otras aristas.

Objetivos del convenio

El acuerdo, firmado por el director de CAPES, Fabián Jaksic, la directora del (CR)2, Maisa Rojas y el recién electo presidente del IEB, Francisco Squeo, tiene por objetivo general evaluar los impactos y adaptación de los ecosistemas mediterráneos a este proceso de cambio climático, que ha traído transformaciones en la composición y diversidad de estos hábitats naturales. El ejemplo más visible es la pérdida de verdor de nuestro bosque esclerófilo, lo que denota la muerte de masivas áreas de este ecosistema, situado en el área más poblada de nuestro país. 

Para abordar este gran desafío, se plantean varios objetivos específicos. El primero, es evaluar la capacidad de resiliencia de los bosques de Chile central, afectados por la mega sequía e incendios, a través de la creación de una red de parcelas de estudio permanentes.

Otro aspecto, considera la creación y validación propuestas para el manejo adaptativo, enfocados en la conservación y restauración del bosque esclerófilo. Y un tercer foco, es avanzar hacia la gobernanza de procesos de transición impulsados por el cambio climático.

La nueva línea integrativa, propone, además, incorporar a estudiantes tesistas de pregrado y postgrado. También, se espera organizar un seminario internacional antes de mayo de 2021, publicar artículos científicos en desarrollo, y consolidar el establecimiento de la red de parcelas permanentes.

“El IEB tiene una línea de investigación sobre procesos ecosistémicos; el (CR)2 una bajada más biofísica de este fenómeno que puede aportar sobre las tendencias climáticas y los efectos en el cambio del uso de suelo en condiciones extremas. Y, por otro lado, está CAPES, que desarrolla ciencia aplicada y, por tanto, puede tomar esta información y traducirla a un lenguaje más adecuado para los tomadores de decisión a nivel político, productivo, y de organismos públicos y estatales.  Así es como cada centro tiene potencialidades diferentes, que representan una oportunidad para abordar esta problemática mayor de manera integrada, a través de este convenio”, puntualizó Ovalle.

Esta nueva línea espera comenzar sus labores en marzo de 2021.

Textos: IEB y CAPES
Foto: Carlos Zurita

Integrar los conocimientos: un enfoque clave para entender la naturaleza

Conectar múltiples saberes puede ser crucial para la conservación de ecosistemas y sus comunidades. Así lo establecieron una serie de estudios internacionales publicados en Journal of Applied Ecology y People and Nature, cuya edición contó con la científica de CAPES, Meredith Root-Bernstein.

Una mirada holística e integradora de diversos sistemas de conocimiento no sólo permite enriquecer los saberes fragmentados, sino también mejorar el entendimiento de la naturaleza y aportar, de manera justa e inclusiva, a la toma de decisiones en el área medioambiental. Ésa es la convicción de un grupo multidisciplinario de investigadores dedicados a comprender y analizar la importancia de conectar el conocimiento científico de la ecología, con el del mundo indígena y local.

Meredith Root-Bernstein, científica de CAPES, es una de sus integrantes, y desde Francia, comenta su último trabajo como coeditora de un número especial coordinado entre las Revistas Journal of Applied Ecology y People and Nature. En estos documentos, aborda la necesidad de avanzar hacia la integración de saberes más allá del dominio propio de las ciencias naturales. Esto, no sólo para comprender los ecosistemas, sino también para apoyar la conservación biológica de los mismos y buscar soluciones conjuntas en escenarios de cambios y conflictos.

El interés por esta temática surgió a raíz de la propia experiencia de la científica, al momento de enriquecer sus investigaciones de postgrado en la Universidad Católica.  “Estando en Chile, realicé mi tesis de doctorado sobre el degú, abordando el trabajo de ingeniería de ecosistemas que estos animales hacen con su colonia, cumpliendo un rol de jardineros naturales” comenta. “Luego estudié el efecto del guanaco sobre su entorno, y para entender su verdadero impacto en Chile central, me di cuenta que era muy importante entender la historia del lugar y las interacciones de estos animales con los seres humanos, en este ecosistema histórico. Hablé con mucha gente que habitaba en estos sectores y comprobé que toda esa información era muy importante en el diseño del estudio, análisis y otros tantos factores”, recuerda la ecóloga, también miembro del Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB.

Conexión de saberes

La edición especial, recién publicada, cuestiona la propia naturaleza del conocimiento y sostiene que hay muchas razones para abrir la mirada y trabajar con distintos tipos de saberes, generando alianzas de investigación y metodológicas entre quienes desarrollan y manejan los conocimientos científicos, locales e indígenas, un ejercicio necesario que puede beneficiar de forma equitativa a los distintos actores sociales y comunidades.

“Al crear y fortalecer estas asociaciones, es posible que se aborden los problemas de conservación biológica, y se puedan garantizar formas de vida sostenibles, considerando el uso de los recursos, la cultura, la gobernanza y el desarrollo económico. Como científicos que trabajamos en áreas donde el conocimiento indígena o local tiene un papel importante, somos cada vez más conscientes de la necesidad de aprender la mejor manera de contribuir a la investigación y la toma de decisiones inclusivas y equitativas”, se relata en el documento introductorio, realizado por la investigadora junto a Helen C. Wheeler, también coeditora de este número especial.

Root-Bernstein cuestiona la creencia de que existan culturas más valiosas que otras y por eso, señala que es fundamental poder legitimar otros sistemas, algo que aún está al debe en el círculo científico. “Pensar que solo la ciencia define la realidad, no permite legitimar otras realidades. Espero que eso cambie, pero no es fácil en este campo profesional. Y si bien hay avances de integración, hoy los intereses se centran en la forma de colaboración más simple, que es poder ampliar las bases de datos, el punto menos interesante en mi opinión y que no representa una interacción fundamental.  La forma de colaboración más importante es aquella que, por ejemplo, te permite aprender del otro, generar una hipótesis o buscar nuevas maneras conjuntas de vivir en sociedad de forma sustentable”, enfatiza la investigadora.

Los sistemas de conocimiento local e indígena, pueden ser muy diversos entre sí, pero tienen algunas características en común, como el hecho de surgir desde una estrecha relación con la naturaleza y los ecosistemas en que las personas habitan, saberes que suelen traspasarse de generación en generación, expresándose también a nivel de las creencias, la práctica y la cultura. Dichos rasgos son fundamentales para los autores de estos artículos quienes llaman a validarlos y dejar de marginalizarlos, como ha sucedido históricamente.

Otro punto que destacan, es que la diversidad de conocimientos indígenas y locales ayuda a garantizar que se aborden las preocupaciones sociales locales, evitando caer en puntos ciegos. “La ciencia está progresando constantemente, pero sufre de información limitada y sesgos espaciales, temporales y taxonómicos”, detallan las investigadoras.

Cultivo de guaraná y Parque Omora: ejemplos de integración

Un caso paradigmático de este tipo de miradas es el de la planta de guaraná, producida y empleada de manera diferente por agricultores indígenas y no indígenas, cuyo trabajo más holístico ha permitido generar descripciones “creíbles” y legitimadas tanto por las comunidades originarias como por el ámbito de la producción agronómica globalizada. El estudio señala que a partir de estas visiones, se co-construyó un documento colectivo en el que participaron tanto científicos, como la comunidad indígena involucrada.

Otro ejemplo fundamental es lo que sucede en el extremo sur de Chile: el Parque Etnobotánico Omora, donde se aplica el concepto de conservación biocultural que incluye la coproducción de conocimiento y el respeto de múltiples valores. La iniciativa promueve el respeto de los distintos sistemas de conocimiento, siendo la comunidad indígena Yagan la co-diseñadora y co-implementadora del programa. Éste incluye investigaciones colaborativas sobre conocimientos indígenas y programas educativos interculturales, trabajando específicamente para ayudar a los niños yaganes en sus escuelas locales, y para apoyar la conservación de la lengua yagan. De esta manera, se intenta no sólo hacer partícipe a los diferentes actores de un territorio, sino además, implementar mejores decisiones para el manejo de los ecosistemas y el bienestar de sus comunidades, que se ven cada vez amenazados.

Finalmente, la revisión señala que trabajar con múltiples sistemas de conocimiento para mejorar la toma de decisiones, permitirá que los conocimientos se evalúen de manera justa y se utilicen adecuadamente, debiendo, eso sí, adaptarse a cada contexto específico. En ese marco, se establece que el gran desafío de la comunidad científica es justamente entender su papel en este proceso.

Texto: Comunicaciones IEB
Foto: Daniel Casado

Con éxito, CICE realiza tercera versión de su Curso de Actualización Curricular en Ecología

Con una convocatoria de 44 asistentes, se realizó el curso de verano “Actualización Curricular en Ecología”, orientado a docentes y público interesado en la materia. El curso buscó que las y los participantes profundizaran en sus conocimientos de ecología y educación ambiental.

La 3º versión del curso para docentes organizado por CICE, con el apoyo del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (CAPES UC), se llevó a cabo entre el 4 y el 22 de enero del presente año. En dicha ocasión, y debido a la contingencia sanitaria, el programa se desarrolló de manera online mediante una plataforma web, contando con sesiones tanto sincrónicas como asincrónicas.

A través de 4 módulos, se trabajaron contenidos de distintas áreas de la ecología con énfasis en las nuevas bases curriculares informadas por el ministerio de Educación y su aplicación en el aula. Los 44 participantes, provenientes de distintas zonas de Chile más un participante de Colombia, recibieron formación en conceptos claves del ámbito ecológico tales como amenazas para la conservación, ecología poblacional, ecología de comunidades, restauración ecológica y cambio climático, relacionándolos con el nuevo marco curricular. Además, se enfatizó en que los asistentes conocieran las nuevas bases curriculares que empezaron a regir en 2020 pasado para las asignaturas de Biología (I y II medio), Ciencias para la ciudadanía y Biología de Ecosistemas (III y IV medio).

Cada módulo contuvo clases grabadas, las cuales pudieron ser vistas por las y los participantes en todo momento, además de una presentación a cargo de un académico de experiencia en trabajos de educación ambiental invitado.

La charla del primer módulo contó con la presencia de la Dra. Claudia Rojas (investigadora CAPES), que habló de su experiencia en educación ambiental en el contexto de un colegio rural. El segundo módulo contó con la exposición del Dr. Nicolás Cuevas, que compartió su trabajo con estudiantes y el uso de cámaras trampa para hacer estudios de fauna local. El Dr. Tomás Ibarra (investigador CAPES) presentó en el tercer módulo su visión de la ecología más allá de la “ciencia dura”. Finalmente, en el cuarto módulo, Macarena Troncoso, magíster en Ciencias con mención en Oceanografía, habló sobre su trabajo en el cual se acercaba las ciencias atmosféricas a experiencias prácticas.

Además, cada módulo incluyó una guía de trabajo y un cuestionario para que las y los participantes pudieran poner a prueba sus aprendizajes. En la plataforma web utilizada para este curso, se dispuso de bibliografía complementaria y material de apoyo. Al término de cada módulo, se realizó una sesión sincrónica a través de la plataforma Zoom, la cual tenía por objetivo responder preguntas relacionadas a la materia vista y dar retroalimentación con respecto sobre los instrumentos de evaluación.

El curso dio por concluida sus actividades con un foro que contó con la presencia de tres de los cuatro académicos invitados, quienes compartieron con los participantes del curso sus experiencias en torno a la educación ambiental y recomendaciones para llevar a cabo este tipo de proyectos en otros establecimientos educacionales.

“El curso ya cuenta con tres versiones y 125 profesores impactados en total. Ha ido evolucionando a un curso que conecta aspectos de la ecología nacional con los objetivos de aprendizajes declarados por el Ministerio de Educación en sus planes y programas, de tal manera que se transforma en una total ayuda y apoyo a todos los docentes que tienen que enfrentarse a retos nuevos, asignaturas nuevas y necesitan nuevas habilidades, materiales y fortalezas para poder llevarlo a cabo” declara Carlos Zurita, director CICE y docente del curso.

Tanto los módulos del curso como su foro final quedaron disponibles para quien desee consultarlos en la plataforma de Vimeo de CAPES, www.vimeo.com/capeschile.