Loretto Contreras: “hemos perdido la conexión con los alimentos del mar”

La investigadora CAPES y presidenta de la Sociedad Chilena de Ficología nos habló de los innumerables beneficios que traen estos organismos marinos tanto a sus ecosistemas como a la salud y bienestar humanos.

En las costas chilenas abundan diferentes especies de algas, y son varios los estudios que confirman el importante rol que juegan éstas tanto como alimentos beneficiosos para la salud humana, como a nivel de conservación de los ecosistemas marinos.

Loretto Contreras, doctora en Ciencias Biológicas e investigadora CAPES de la línea 1, lleva 15 años dedicados a la ficología, el estudio de las algas, con diversas investigaciones que nos permiten entender el escenario actual y futuro de estos organismos.

Su relación con esta disciplina partió en 2005, durante su doctorado; fue entonces cuando comenzó a plantearse por qué ciertos organismos vegetales tienen resistencia a condiciones ambientales particulares. “Una persona clave en este camino fue el profesor Juan Correa”, actual decano de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica, “quien en ese minuto investigaba sobre contaminación”, relata.

“No fue el típico cuento de la niña que siempre quiso hacer ciencia. Sí tenía una relación muy profunda con el mar, pero fue en el doctorado cuando profundicé más y mantuve esa línea de investigación” explica. Una línea que comenzó durante la ejecución de su tesis, donde dice haberse enamorado de las algas y “el estudio de cómo ciertos organismos pueden tolerar situaciones de estrés y ambientes contaminados”, tema al que se dedica hasta hoy.

Actualmente, trabaja en dos campos de investigación, uno sobre toxicología, que analiza la respuesta de las algas frente a la contaminación ambiental, y otra orientada a la ecología aplicada, mediante la extracción de compuestos provenientes de estos organismos potencialmente beneficiosos para los seres humanos. Es el caso, por ejemplo, de su más reciente estudio, que busca patentar el uso terapéutico de un extracto proveniente del pelillo, un alga natural de las costas de Chile, como tratamiento para combatir enfermedades neurodegenerativas.

Hacia una mayor cultura marina

A pesar de los 6.435 km de costa de nuestro país, Contreras considera que la relación de las personas con el mundo marino aún es distante, dificultando tanto la valoración de estos importantes ecosistemas como su conocimiento. A esto, se suma la existencia de políticas públicas insuficientes en materia de investigación y educación.

Uno de los grandes desafíos para las personas dedicadas a la ficología, como Contreras, es generar cultura alrededor de estos organismos: “la sociedad chilena no siente un arraigo demasiado grande al borde costero, es más terrestre. Para generar un cambio de conducta se necesita un esfuerzo especial por parte del Estado no sólo en áreas protegidas, sino también en la tarea de acercar las comunidades costeras a las terrestres y mejorar la educación escolar”, dice.

La bióloga hace especial énfasis en que el Estado tiene una tarea importante en cuanto al financiamiento y difusión de la investigación en esta área. Según ella, la educación ambiental en temas de biodiversidad marina aún es limitada, pues si bien “la contaminación por plástico ha generado más conciencia en ese medio”, aún hay aspectos significativos por mejorar.

Algas: alimento del futuro

En Chile tenemos más de 400 especies de algas, pero sólo tres de ellas se utilizan para alimentación humana, y aun así, en un bajo porcentaje. Contreras explica que esto se debe, en parte, “a que hemos perdido la conexión con los alimentos del mar y con la cultura de nuestros pueblos originarios, cuya parte de su alimentación era justamente a base de algas”.

“Hay muchos registros antiguos de nuestros pueblos originarios que evidencian la utilización de estos recursos en su alimentación, y esa es una parte de la cultura que se perdió. Pero el alimento siempre ha estado” explica.

La poca cultura ficológica presente en nuestro país se vuelve más evidente si nos comparamos con otras culturas mucho más conectadas con el mar. En ese sentido, la bióloga aboga por una mayor diversidad en la matriz productiva de nuestro país, que permita el acceso a una alimentación más variada: “falta la entrada de otros tipos de especies y preparaciones, como sí lo hacen en Perú, que comen una alta variedad de algas como guarnición”.

A nivel industrial, en Chile el 99% de las algas que se comercializan provienen de praderas naturales, mientras que en países de Asia, otra cultura vinculada a los océanos, un 95% de su producción y consumo proviene del cultivo. “Una de las vías para aumentar la cultura en torno a las algas es comenzar a instalar cultivos terrestres”, lo que permitiría, en su opinión, tener una industria en torno a este recurso, así como generar bancos de semillas y educar a la ciudadanía.

La ficóloga también ve en esto la oportunidad de involucrar a los pescadores artesanales en la producción de este recurso, vendiéndolo tanto en mesas nacionales como internacionales. Estos alimentos otorgan múltiples beneficios a la salud humana; diversas investigaciones han demostrado que poseen propiedades antioxidantes, inmunoestimulantes, anti virales y anti tumorales, entre otras.

Servicios ecosistémicos de las algas

Las algas son productores primarios, es decir, capaces de almacenar energía de fuentes químicas en compuestos orgánicos, los que los hace una pieza clave en cuanto al mantenimiento de los ecosistemas marinos. Cuidar los bosques marinos no solo mantiene en equilibrio los hábitats donde conviven estas especies, sino que genera más protección frente amenazas como tsunamis o marejadas: estudios señalan que en áreas con bajo follaje, las olas acceden con mayor fuerza y facilidad al interior, causando más daño.

Otro de los servicios ecosistémicos provistos por estos organismos dice relación con el cambio climático: las algas son captadoras naturales de carbono además de remediadoras, generando un impacto positivo a nivel ecológico y ecosistémico. “Es por eso que la conservación de éstas es fundamental” señala.

Actualmente, Contreras también se desempeña como presidenta de la Sociedad Chilena de Ficología, “una experiencia estupenda, con muchos desafíos de por medio” dice. “Como asociación tuvimos que unirnos más, estábamos un poco disgregados”.

Hoy, goza de una buena comunicación entre los científicos del rubro, y del contacto continuo con las autoridades científicas del área, lo que ha permitido que otros académicos empiecen a conocer la Sociedad. “Conversar y canalizar inquietudes de tomadores de decisión ha sido uno de nuestros objetivos en este período, así como estimular a nuestros socios a mostrar avances y logros en la investigación de las algas a la sociedad común”.



Textos: Comunicaciones CAPES
Fotografía: Loretto Contreras Porcia

Loretto Contreras: “hemos perdido la conexión con los alimentos del mar”

La investigadora CAPES y presidenta de la Sociedad Chilena de Ficología nos habló de los innumerables beneficios que traen estos organismos marinos tanto a sus ecosistemas como a la salud y bienestar humanos.

En las costas chilenas abundan diferentes especies de algas, y son varios los estudios que confirman el importante rol que juegan éstas tanto como alimentos beneficiosos para la salud humana, como a nivel de conservación de los ecosistemas marinos.

Loretto Contreras, doctora en Ciencias Biológicas e investigadora CAPES de la línea 1, lleva 15 años dedicados a la ficología, el estudio de las algas, con diversas investigaciones que nos permiten entender el escenario actual y futuro de estos organismos.

Su relación con esta disciplina partió en 2005, durante su doctorado; fue entonces cuando comenzó a plantearse por qué ciertos organismos vegetales tienen resistencia a condiciones ambientales particulares. “Una persona clave en este camino fue el profesor Juan Correa”, actual decano de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica, “quien en ese minuto investigaba sobre contaminación”, relata.

“No fue el típico cuento de la niña que siempre quiso hacer ciencia. Sí tenía una relación muy profunda con el mar, pero fue en el doctorado cuando profundicé más y mantuve esa línea de investigación” explica. Una línea que comenzó durante la ejecución de su tesis, donde dice haberse enamorado de las algas y “el estudio de cómo ciertos organismos pueden tolerar situaciones de estrés y ambientes contaminados”, tema al que se dedica hasta hoy.

Actualmente, trabaja en dos campos de investigación, uno sobre toxicología, que analiza la respuesta de las algas frente a la contaminación ambiental, y otra orientada a la ecología aplicada, mediante la extracción de compuestos provenientes de estos organismos potencialmente beneficiosos para los seres humanos. Es el caso, por ejemplo, de su más reciente estudio, que busca patentar el uso terapéutico de un extracto proveniente del pelillo, un alga natural de las costas de Chile, como tratamiento para combatir enfermedades neurodegenerativas.

Hacia una mayor cultura marina

A pesar de los 6.435 km de costa de nuestro país, Contreras considera que la relación de las personas con el mundo marino aún es distante, dificultando tanto la valoración de estos importantes ecosistemas como su conocimiento. A esto, se suma la existencia de políticas públicas insuficientes en materia de investigación y educación.

Uno de los grandes desafíos para las personas dedicadas a la ficología, como Contreras, es generar cultura alrededor de estos organismos: “la sociedad chilena no siente un arraigo demasiado grande al borde costero, es más terrestre. Para generar un cambio de conducta se necesita un esfuerzo especial por parte del Estado no sólo en áreas protegidas, sino también en la tarea de acercar las comunidades costeras a las terrestres y mejorar la educación escolar”, dice.

La bióloga hace especial énfasis en que el Estado tiene una tarea importante en cuanto al financiamiento y difusión de la investigación en esta área. Según ella, la educación ambiental en temas de biodiversidad marina aún es limitada, pues si bien “la contaminación por plástico ha generado más conciencia en ese medio”, aún hay aspectos significativos por mejorar.

Algas: alimento del futuro

En Chile tenemos más de 400 especies de algas, pero sólo tres de ellas se utilizan para alimentación humana, y aun así, en un bajo porcentaje. Contreras explica que esto se debe, en parte, “a que hemos perdido la conexión con los alimentos del mar y con la cultura de nuestros pueblos originarios, cuya parte de su alimentación era justamente a base de algas”.

“Hay muchos registros antiguos de nuestros pueblos originarios que evidencian la utilización de estos recursos en su alimentación, y esa es una parte de la cultura que se perdió. Pero el alimento siempre ha estado” explica.

La poca cultura ficológica presente en nuestro país se vuelve más evidente si nos comparamos con otras culturas mucho más conectadas con el mar. En ese sentido, la bióloga aboga por una mayor diversidad en la matriz productiva de nuestro país, que permita el acceso a una alimentación más variada: “falta la entrada de otros tipos de especies y preparaciones, como sí lo hacen en Perú, que comen una alta variedad de algas como guarnición”.

A nivel industrial, en Chile el 99% de las algas que se comercializan provienen de praderas naturales, mientras que en países de Asia, otra cultura vinculada a los océanos, un 95% de su producción y consumo proviene del cultivo. “Una de las vías para aumentar la cultura en torno a las algas es comenzar a instalar cultivos terrestres”, lo que permitiría, en su opinión, tener una industria en torno a este recurso, así como generar bancos de semillas y educar a la ciudadanía.

La ficóloga también ve en esto la oportunidad de involucrar a los pescadores artesanales en la producción de este recurso, vendiéndolo tanto en mesas nacionales como internacionales. Estos alimentos otorgan múltiples beneficios a la salud humana; diversas investigaciones han demostrado que poseen propiedades antioxidantes, inmunoestimulantes, anti virales y anti tumorales, entre otras.

Servicios ecosistémicos de las algas

Las algas son productores primarios, es decir, capaces de almacenar energía de fuentes químicas en compuestos orgánicos, los que los hace una pieza clave en cuanto al mantenimiento de los ecosistemas marinos. Cuidar los bosques marinos no solo mantiene en equilibrio los hábitats donde conviven estas especies, sino que genera más protección frente amenazas como tsunamis o marejadas: estudios señalan que en áreas con bajo follaje, las olas acceden con mayor fuerza y facilidad al interior, causando más daño.

Otro de los servicios ecosistémicos provistos por estos organismos dice relación con el cambio climático: las algas son captadoras naturales de carbono además de remediadoras, generando un impacto positivo a nivel ecológico y ecosistémico. “Es por eso que la conservación de éstas es fundamental” señala.

Actualmente, Contreras también se desempeña como presidenta de la Sociedad Chilena de Ficología, “una experiencia estupenda, con muchos desafíos de por medio” dice. “Como asociación tuvimos que unirnos más, estábamos un poco disgregados”.

Hoy, goza de una buena comunicación entre los científicos del rubro, y del contacto continuo con las autoridades científicas del área, lo que ha permitido que otros académicos empiecen a conocer la Sociedad. “Conversar y canalizar inquietudes de tomadores de decisión ha sido uno de nuestros objetivos en este período, así como estimular a nuestros socios a mostrar avances y logros en la investigación de las algas a la sociedad común”.



Textos: Comunicaciones CAPES
Fotografía: Loretto Contreras Porcia

Científicos llaman a un cambio en la gobernanza sobre los océanos

A través de un estudio titulado “Una transición a la gobernanza sustentable de los océanos”, los investigadores describen tres vías de transición claves en la obtención de un futuro más sustentable para los ecosistemas marinos.

De acuerdo a un nuevo paper publicado hoy en la revista Nature Communications, la continuidad de los océanos como soportes y proveedores de servicios ecosistémicos depende de una nueva relación entre los seres humanos y estos importantes sistemas ecológicos.

“Los sistemas complejos suelen requerir de pequeñas perturbaciones para provocar efectos a gran escala”, explica Tanya Brodie Rudolph, una de las autoras del paper. “La actual crisis provocada por COVID-19 es un ejemplo clásico de este “efecto mariposa”: de la sobreexplotación de especies animales en un mercado de Wuhan a una pandemia global, esta crisis demuestra la necesidad de construir el tipo de resiliencia que permita respuestas efectivas y ágiles a cambios sistémicos abruptos, y esto es tan cierto para el comercio animal como para los intrincados sistemas oceánicos de los que dependemos, porque de colapsar éstos, la crisis resultante sería tanto o más devastadora que la actual crisis sanitaria” comenta.

El trabajo, titulado “Una transición a la gobernanza sustentable de los océanos” describe tres vías de transición claves para alcanzar un futuro más sustentable para los sistemas océanos complejos.

La primera es la necesidad de reconfigurar la idea misma de gobernanza, construida bajo una estructura anidada de decisiones a nivel local como global, tanto desde las superestructuras como de las bases mismas de la sociedad, informadas bajo una visión común. La segunda es el empoderamiento de aquellas personas que dependen de los recursos oceánicos a través del aprendizaje nacido de la transferencia de conocimiento, y el traspaso de derechos sobre el océano como un bien público. La tercera vía es mediante una reforma a la propiedad sobre la administración de estos recursos, a través de mecanismos como la certificación y la colaboración pre-competitiva, generando incentivos y ayudando a construir responsabilidad.

Al respecto, el trabajo identifica al sistema de certificación pesquera del Consejo Internacional de Administración Marina, y las reformas pesqueras como las cuotas de captura como ejemplos prometedores de estas innovaciones.

Stefan Gelcich, biólogo marino del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (CAPES) de la Universidad Católica, y el único investigador chileno autor del estudio, hizo hincapié en la necesidad de este cambio, aunque apunto a multiplicidad de caminos para llegar a él: “La gobernanza de los océanos debe ser adaptativa. Van cambiando los forzantes sociales y ambientales, por lo que debemos responder con modelos que apunten a la sostenibilidad y equidad en el acceso y distribución de beneficios de los recursos, frente a estas nuevas y dinámicas realidades. En este sentido, no hay una receta para resolver los problemas de sostenibilidad; debe haber constantes procesos de co-aprendizaje y co-diseño de soluciones”, afirmó.

“Es clave que reconozcamos la importancia de océanos saludables para sustentar el bienestar humano. El océano es vital para la salud de las sociedades humanas y para una economía mundial próspera, es nuestro gran aliado en la búsqueda de un futuro sostenible. En este sentido, construir modelos de gobernanza, con la participación de los diferentes actores, para alcanzar la sostenibilidad de los océanos, es una de las tareas más importantes y de las mayores oportunidades para afrontar los desafíos asociados a cambios globales“, explicó el también académico de la Facultad de Ciencias Biológicas UC.

La salud de los océanos es crucial para la humanidad, por lo que debemos cuidar de mejor forma este recurso compartido, para la salud y prosperidad de las generaciones actuales y futuras, el medio ambiente, la biodiversidad y el clima. La forma en que hemos gobernado los océanos en el pasado no ha sido efectiva, y no ha sabido reflejar estas relaciones complejas”, añade Brodie Rudolph.

Junto con Gelcich, otros autores del documento Tanya Brodie Rudolph y el profesor Mark Swilling del Centro de Sistemas Complejos en Transición de la Universidad de Stellenbosch (Sudáfrica); Mary Ruckelshaus del proyecto Capital Natural de la Universidad de Stanford (EEUU); Edward H. Allison de Centro Ocean Nexus de la Universidad de Washington (EEUU); Henrik Österblom del Centro para la Resiliencia de Estocolmo (Suecia) y Philile Mbatha de la Universidad de Ciudad del Cabo (Sudáfrica).

Este trabajo es un resumen de un reciente “Blue Paper” compilado por los autores a cargo del Alto Panel para una Economía Sustentable para los Océanos, una iniciativa de 14 estados líderes en el mundo que busca crear momentum hacia una economía marina sustentable, donde la protección efectiva, la producción sostenible y el bienestar equitativo vayan mano a mano.



Texto: Comunicaciones CAPES y CST Communications

Científicos llaman a un cambio en la gobernanza sobre los océanos

A través de un estudio titulado “Una transición a la gobernanza sustentable de los océanos”, los investigadores describen tres vías de transición claves en la obtención de un futuro más sustentable para los ecosistemas marinos.

De acuerdo a un nuevo paper publicado hoy en la revista Nature Communications, la continuidad de los océanos como soportes y proveedores de servicios ecosistémicos depende de una nueva relación entre los seres humanos y estos importantes sistemas ecológicos.

“Los sistemas complejos suelen requerir de pequeñas perturbaciones para provocar efectos a gran escala”, explica Tanya Brodie Rudolph, una de las autoras del paper. “La actual crisis provocada por COVID-19 es un ejemplo clásico de este “efecto mariposa”: de la sobreexplotación de especies animales en un mercado de Wuhan a una pandemia global, esta crisis demuestra la necesidad de construir el tipo de resiliencia que permita respuestas efectivas y ágiles a cambios sistémicos abruptos, y esto es tan cierto para el comercio animal como para los intrincados sistemas oceánicos de los que dependemos, porque de colapsar éstos, la crisis resultante sería tanto o más devastadora que la actual crisis sanitaria” comenta.

El trabajo, titulado “Una transición a la gobernanza sustentable de los océanos” describe tres vías de transición claves para alcanzar un futuro más sustentable para los sistemas océanos complejos.

La primera es la necesidad de reconfigurar la idea misma de gobernanza, construida bajo una estructura anidada de decisiones a nivel local como global, tanto desde las superestructuras como de las bases mismas de la sociedad, informadas bajo una visión común. La segunda es el empoderamiento de aquellas personas que dependen de los recursos oceánicos a través del aprendizaje nacido de la transferencia de conocimiento, y el traspaso de derechos sobre el océano como un bien público. La tercera vía es mediante una reforma a la propiedad sobre la administración de estos recursos, a través de mecanismos como la certificación y la colaboración pre-competitiva, generando incentivos y ayudando a construir responsabilidad.

Al respecto, el trabajo identifica al sistema de certificación pesquera del Consejo Internacional de Administración Marina, y las reformas pesqueras como las cuotas de captura como ejemplos prometedores de estas innovaciones.

Stefan Gelcich, biólogo marino del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (CAPES) de la Universidad Católica, y el único investigador chileno autor del estudio, hizo hincapié en la necesidad de este cambio, aunque apunto a multiplicidad de caminos para llegar a él: “La gobernanza de los océanos debe ser adaptativa. Van cambiando los forzantes sociales y ambientales, por lo que debemos responder con modelos que apunten a la sostenibilidad y equidad en el acceso y distribución de beneficios de los recursos, frente a estas nuevas y dinámicas realidades. En este sentido, no hay una receta para resolver los problemas de sostenibilidad; debe haber constantes procesos de co-aprendizaje y co-diseño de soluciones”, afirmó.

“Es clave que reconozcamos la importancia de océanos saludables para sustentar el bienestar humano. El océano es vital para la salud de las sociedades humanas y para una economía mundial próspera, es nuestro gran aliado en la búsqueda de un futuro sostenible. En este sentido, construir modelos de gobernanza, con la participación de los diferentes actores, para alcanzar la sostenibilidad de los océanos, es una de las tareas más importantes y de las mayores oportunidades para afrontar los desafíos asociados a cambios globales“, explicó el también académico de la Facultad de Ciencias Biológicas UC.

La salud de los océanos es crucial para la humanidad, por lo que debemos cuidar de mejor forma este recurso compartido, para la salud y prosperidad de las generaciones actuales y futuras, el medio ambiente, la biodiversidad y el clima. La forma en que hemos gobernado los océanos en el pasado no ha sido efectiva, y no ha sabido reflejar estas relaciones complejas”, añade Brodie Rudolph.

Junto con Gelcich, otros autores del documento Tanya Brodie Rudolph y el profesor Mark Swilling del Centro de Sistemas Complejos en Transición de la Universidad de Stellenbosch (Sudáfrica); Mary Ruckelshaus del proyecto Capital Natural de la Universidad de Stanford (EEUU); Edward H. Allison de Centro Ocean Nexus de la Universidad de Washington (EEUU); Henrik Österblom del Centro para la Resiliencia de Estocolmo (Suecia) y Philile Mbatha de la Universidad de Ciudad del Cabo (Sudáfrica).

Este trabajo es un resumen de un reciente “Blue Paper” compilado por los autores a cargo del Alto Panel para una Economía Sustentable para los Océanos, una iniciativa de 14 estados líderes en el mundo que busca crear momentum hacia una economía marina sustentable, donde la protección efectiva, la producción sostenible y el bienestar equitativo vayan mano a mano.



Texto: Comunicaciones CAPES y CST Communications

Belén Gallardo: apreciando el bosque nativo, un tejido a la vez

La bióloga y candidata a doctora en Ecología, recientemente integrada a CAPES, nos cuenta sobre dos de sus proyectos, donde mezcla tanto ciencia como arte para ayudar a formar vínculos que conecten a las personas con la biodiversidad que les rodea.

Amante del bosque nativo chileno, la bióloga Belén Gallardo ha sabido mezclar dos de sus pasiones, el arte y las ciencias, para educar en torno a la importancia de la biodiversidad. Sus proyectos interdisciplinarios buscan generar experiencias de encuentro con la naturaleza mediante la ilustración botánica. El último de ellos, una línea de ropa educativa para niños a base de tintes naturales y diseños relativos a la vegetación nativa, es sólo otro ejemplo de esta intersección.

Belén es bióloga y PhD(c) en Ecología. En el último tiempo, ha dedicado su trabajo a la educación sobre los bosques nativos, en un intento por superar los viejos estereotipos de la “araucaria y el copihue” a la hora de enseñar sobre la riqueza de estos ecosistemas, generando en cambio instancias de experimentación y creatividad con distintos actores.

La investigadora se incorporó a finales de 2019 al equipo de CAPES, para trabajar junto al Dr. Stefan Gelcich en la línea 5 de investigación, dedicada a la gestión de los recursos naturales y la investigación en políticas públicas de sustentabilidad y conservación.

Conversamos con ella para conocer sus últimos proyectos y los objetivos detrás de ellos.

Estación flora

La última gran idea de la investigadora, educadora y comunicadora de las ciencias es Estación Flora, un proyecto creado junto a la diseñadora textil Belén Villavicencio –la “maga de los tintes naturales”, como le llama— y la ilustradora botánica Teresita Melo, en un intento por divulgar el valor de la biodiversidad a través de la confección de ropas que celebren los diseños y materias primas nativas de la región del Biobío, especialmente a los niños.

Juntas, Gallardo, Villavicencio y Melo vieron en la ropa infantil una forma de acercar a los niños a los bosques nativos de nuestro país. “El aumento de la vida urbana no solo ha afectado a los adultos, dónde los estudios han demostrado que los cuadros nerviosos y de estrés han ido al alza, sino también a los niños, con un fenómeno llamado “extinción de la experiencia””, nos cuenta Belén. Para la científica, es preocupante el hecho de que los niños cada vez se encuentren más alejados de la naturaleza, por lo que hacer ropa es una forma de generarles curiosidad por las plantas desde pequeños, en sus palabras.

Financiadas con un Fondart regional, las artistas y diseñadoras lograron ejecutar el proyecto en 2019. Consultada por el uso de la ropa como vehículo para la comunicación de la ciencia, Belén nos responde: “es una elección del día a día, nos define, nos caracteriza y a la vez va en contacto directo con nuestra piel, por eso queríamos hacer algo lo menos procesado posible” añadiendo que la industria textil ha generado diversos impactos negativos a la sociedad y esta, dicen es una forma de entregar algo local y sostenible.

El proceso que llevaron a cabo se dividió en varias etapas. La primera de ella consistió en la investigación y elección de los “personajes” de las vestimentas. “Queríamos romper con la tradición de los animales, por lo que decidimos trabajar con las plantas. Si bien la primera tendencia era ir hacia lo conocido, decidimos incorporar especies de helechos y hierbas” explica. Una vez definidos los diseños, ilustrados por Melo, las emprendedoras se abocaron al tema del color, utilizando tintes 100% vegetales y no tóxicos, pero que, por sobre todo, reflejaran los colores del bosque nativo. “La tela es de lino nacional hecho por una fábrica de Tomé, generando un producto local, sustentable y educativo”.

La compra de estos conjuntos, realizable a través del sitio web del proyecto, incluye además un mapa de la flora nativa del Biobío, con los lugares donde se pueden encontrar las especies contenidas en las prendas.

Phyta Lab

En la Estación Biológica Senda Darwin en Chiloé, se encuentra otro proyecto estrella de la científica: Phyta Lab, un “espacio de experimentación e interacción humano-naturaleza” que forma a diseñadores, artistas, científicos, educadores y comunicadores en el arte y oficio de la comunicación visual de la ciencia y la ilustración botánica, en las áreas de ecología y biodiversidad.

Actualmente, el laboratorio, integrado también por las ilustradoras Geraldine MacKinnon y Silvia Lazzarino, los ingenieros agrónomos Javiera Díaz, Cheo Yin Tam Loi y Juan Luis Celis, y la bióloga y comunicadora de la ciencia Nélida Pohl, ya va por su sexto año de vida.

El curso que da vida al proyecto, “Ilustración Botánica de Campo”, es una expedición y encuentro de 10 días, en donde los participantes a éste son invitados a convivir en la naturaleza y construir conocimiento colectivo sobre biodiversidad. “Se aprende desde técnicas de dibujo y acuarela botánica, taxonomía, comunicación visual de la ciencia, pero por sobre todo, a reflexionar y aprender con el encuentro directo del bosque y las diferentes visiones de los participantes” nos cuenta Belén.

Comunicando creativamente

Como su trabajo atestigua, para la bióloga la comunicación de la ciencia no es sólo es asunto de grandes descubrimientos y de producción de saber académico, sino que también de “tratar de transmitir sobre las personas lo que hay detrás de las investigaciones, sus pasiones y la razón por la dedicamos nuestra vida a esto”.

Otro valor que le da la científica a la comunicación, es como una forma de generar encuentros de comunidad e intercambio con el público no especializado, “con las personas que cada día tienen menos contacto con la naturaleza y, por ende, menos conocimientos respecto de la biodiversidad que nos rodea” explica.

Actualmente, Belén también se desempeña como directora de Capacitación y Formación de la Asociación Chilena de Periodistas y Profesionales para la Comunicación de la Ciencia, ACHIPEC.



Texto: Comunicaciones CAPES
Imagen cortesía de: Belén Gallardo

Belén Gallardo: apreciando el bosque nativo, un tejido a la vez

La bióloga y candidata a doctora en Ecología, recientemente integrada a CAPES, nos cuenta sobre dos de sus proyectos, donde mezcla tanto ciencia como arte para ayudar a formar vínculos que conecten a las personas con la biodiversidad que les rodea.

Amante del bosque nativo chileno, la bióloga Belén Gallardo ha sabido mezclar dos de sus pasiones, el arte y las ciencias, para educar en torno a la importancia de la biodiversidad. Sus proyectos interdisciplinarios buscan generar experiencias de encuentro con la naturaleza mediante la ilustración botánica. El último de ellos, una línea de ropa educativa para niños a base de tintes naturales y diseños relativos a la vegetación nativa, es sólo otro ejemplo de esta intersección.

Belén es bióloga y PhD(c) en Ecología. En el último tiempo, ha dedicado su trabajo a la educación sobre los bosques nativos, en un intento por superar los viejos estereotipos de la “araucaria y el copihue” a la hora de enseñar sobre la riqueza de estos ecosistemas, generando en cambio instancias de experimentación y creatividad con distintos actores.

La investigadora se incorporó a finales de 2019 al equipo de CAPES, para trabajar junto al Dr. Stefan Gelcich en la línea 5 de investigación, dedicada a la gestión de los recursos naturales y la investigación en políticas públicas de sustentabilidad y conservación.

Conversamos con ella para conocer sus últimos proyectos y los objetivos detrás de ellos.

Estación flora

La última gran idea de la investigadora, educadora y comunicadora de las ciencias es Estación Flora, un proyecto creado junto a la diseñadora textil Belén Villavicencio –la “maga de los tintes naturales”, como le llama— y la ilustradora botánica Teresita Melo, en un intento por divulgar el valor de la biodiversidad a través de la confección de ropas que celebren los diseños y materias primas nativas de la región del Biobío, especialmente a los niños.

Juntas, Gallardo, Villavicencio y Melo vieron en la ropa infantil una forma de acercar a los niños a los bosques nativos de nuestro país. “El aumento de la vida urbana no solo ha afectado a los adultos, dónde los estudios han demostrado que los cuadros nerviosos y de estrés han ido al alza, sino también a los niños, con un fenómeno llamado “extinción de la experiencia””, nos cuenta Belén. Para la científica, es preocupante el hecho de que los niños cada vez se encuentren más alejados de la naturaleza, por lo que hacer ropa es una forma de generarles curiosidad por las plantas desde pequeños, en sus palabras.

Financiadas con un Fondart regional, las artistas y diseñadoras lograron ejecutar el proyecto en 2019. Consultada por el uso de la ropa como vehículo para la comunicación de la ciencia, Belén nos responde: “es una elección del día a día, nos define, nos caracteriza y a la vez va en contacto directo con nuestra piel, por eso queríamos hacer algo lo menos procesado posible” añadiendo que la industria textil ha generado diversos impactos negativos a la sociedad y esta, dicen es una forma de entregar algo local y sostenible.

El proceso que llevaron a cabo se dividió en varias etapas. La primera de ella consistió en la investigación y elección de los “personajes” de las vestimentas. “Queríamos romper con la tradición de los animales, por lo que decidimos trabajar con las plantas. Si bien la primera tendencia era ir hacia lo conocido, decidimos incorporar especies de helechos y hierbas” explica. Una vez definidos los diseños, ilustrados por Melo, las emprendedoras se abocaron al tema del color, utilizando tintes 100% vegetales y no tóxicos, pero que, por sobre todo, reflejaran los colores del bosque nativo. “La tela es de lino nacional hecho por una fábrica de Tomé, generando un producto local, sustentable y educativo”.

La compra de estos conjuntos, realizable a través del sitio web del proyecto, incluye además un mapa de la flora nativa del Biobío, con los lugares donde se pueden encontrar las especies contenidas en las prendas.

Phyta Lab

En la Estación Biológica Senda Darwin en Chiloé, se encuentra otro proyecto estrella de la científica: Phyta Lab, un “espacio de experimentación e interacción humano-naturaleza” que forma a diseñadores, artistas, científicos, educadores y comunicadores en el arte y oficio de la comunicación visual de la ciencia y la ilustración botánica, en las áreas de ecología y biodiversidad.

Actualmente, el laboratorio, integrado también por las ilustradoras Geraldine MacKinnon y Silvia Lazzarino, los ingenieros agrónomos Javiera Díaz, Cheo Yin Tam Loi y Juan Luis Celis, y la bióloga y comunicadora de la ciencia Nélida Pohl, ya va por su sexto año de vida.

El curso que da vida al proyecto, “Ilustración Botánica de Campo”, es una expedición y encuentro de 10 días, en donde los participantes a éste son invitados a convivir en la naturaleza y construir conocimiento colectivo sobre biodiversidad. “Se aprende desde técnicas de dibujo y acuarela botánica, taxonomía, comunicación visual de la ciencia, pero por sobre todo, a reflexionar y aprender con el encuentro directo del bosque y las diferentes visiones de los participantes” nos cuenta Belén.

Comunicando creativamente

Como su trabajo atestigua, para la bióloga la comunicación de la ciencia no es sólo es asunto de grandes descubrimientos y de producción de saber académico, sino que también de “tratar de transmitir sobre las personas lo que hay detrás de las investigaciones, sus pasiones y la razón por la dedicamos nuestra vida a esto”.

Otro valor que le da la científica a la comunicación, es como una forma de generar encuentros de comunidad e intercambio con el público no especializado, “con las personas que cada día tienen menos contacto con la naturaleza y, por ende, menos conocimientos respecto de la biodiversidad que nos rodea” explica.

Actualmente, Belén también se desempeña como directora de Capacitación y Formación de la Asociación Chilena de Periodistas y Profesionales para la Comunicación de la Ciencia, ACHIPEC.



Texto: Comunicaciones CAPES
Imagen cortesía de: Belén Gallardo

Estudio revela que viñedos más diversos contribuyen a la conservación de aves

El trabajo comparó la presencia de aves en distintos paisajes agroecosistémicos, notando que la proporción de vegetación nativa alrededor de los viñedos es un buen predictor de su abundancia y variedad.

Un estudio del investigador de la Universidad de Chile y CAPES, Andrés Muñoz-Sáez, junto a académicos de las universidades de California Berkeley y Pittsburgh, reveló cómo la vegetación nativa y la conservación de áreas silvestres dentro y alrededor de viñedos son un elemento clave para incrementar la abundancia y riqueza de aves en dichas zonas.

El trabajo, publicado en la revista Conservation Biology, consistió en la ejecución de 6 auditorías y visualizaciones de pájaros en 20 viñedos del Chile Central, estableciendo un total de 120 estaciones de conteo. 5.068 individuos, pertenecientes a 48 especies de ave, fueron registrados.

Al mismo tiempo, mediante imágenes satelitales, los investigadores cuantificaron y clasificaron las coberturas de vegetación nativa de matorral y bosque esclerófilo en éstas áreas, de modo de indagar si existía una correlación entre la diversidad de vegetación presente en los viñedos, y la diversidad de aves presentes en ellos.

Los resultados obtenidos entregan evidencia de cómo los viñedos diversificados benefician a la biodiversidad de aves, en comparación con monocultivos con escasa o nula presencia de vegetación nativa. De las 30 especies de aves analizadas, 19 de ellas mostraron una relación directa con la proporción de vegetación nativa hallada alrededor de los viñedos. 9 de ellas positivamente relacionadas, como fue el caso del canastero colinegro (Pseudasthenes humicola), el chercán negro (Scytalopus fuscus), la codorniz californiana (Callipepla californica), el yal negro (Phrygilus fruticeti), y el carpintero pitío (Colaptes pitius), entre otros, mientras que con otras 6, la proporción de este tipo de vegetación sirvió como un buen predictor (positivo) de su presencia.

Los investigadores también hallaron que, aun cuando las detecciones de aves fueron significativamente mayores en bosques de matorrales continuos, 84% de las especies también fueron encontradas en remanentes de bosque adyacentes a viñas.

La investigación también destacó la presencia y aumento de aves insectívoras en viñedos diversificados, fauna clave para la producción vinícola gracias a su rol en el mantenimiento de ecosistemas y plagas dañinas para los cultivos.
El lugar elegido para el estudio fueron los viñedos de Chile central, donde se concentra el 36,9% de la producción de uvas viníferas, parte de las zonas vitivinícolas del Nuevo Mundo Mediterráneo (NWM) (cuatro áreas que no pertenecen a la cuenca del Mediterráneo, pero que cuentan con las mismas características climáticas).

La actividad vitivinícola en Chile representa un importante activo económico, proyectando para 2020 ventas de US$4,500 millones. Para los investigadores la presión económica asociada a dicha actividad, en conjunto con la posibilidad de expansión de viñedos hacia nuevas zonas como consecuencia del cambio climático, hacen que el estudio de biodiversidad en agroecosistemas sea clave para la planificación para la conservación. “En este sentido, este estudio sienta las bases para la conservación de aves en viñedos y destaca el principio agroecológico de diversificación para la gestión de agroecosistemas” explica su autor principal, “siendo también relevante para hacer comparaciones con otras zonas del NWM, como California, Sudáfrica y Australia”.

Otro punto importante aludido por el estudio es la insuficiente cobertura legal en materia de conservación en Chile, considerando que la mayoría de las zonas con bosques esclerófilos y matorrales de su zona central se encuentran en manos de productores privados. “La conservación de estas áreas depende de las preferencias de los dueños. Este estudio entrega evidencia de cómo mejorar las prácticas para la conservación de biodiversidad, así como también propone resaltar el valor de las preferencias del consumidor para fomentar mejores prácticas para el desarrollo sustentable” comentan los autores.

Texto: Agusta Ordovas
Edición: Diego Pozo
Comunicaciones CAPES

Estudio revela que viñedos más diversos contribuyen a la conservación de aves

El trabajo comparó la presencia de aves en distintos paisajes agroecosistémicos, notando que la proporción de vegetación nativa alrededor de los viñedos es un buen predictor de su abundancia y variedad.

Un estudio del investigador de la Universidad de Chile y CAPES, Andrés Muñoz-Sáez, junto a académicos de las universidades de California Berkeley y Pittsburgh, reveló cómo la vegetación nativa y la conservación de áreas silvestres dentro y alrededor de viñedos son un elemento clave para incrementar la abundancia y riqueza de aves en dichas zonas.

El trabajo, publicado en la revista Conservation Biology, consistió en la ejecución de 6 auditorías y visualizaciones de pájaros en 20 viñedos del Chile Central, estableciendo un total de 120 estaciones de conteo. 5.068 individuos, pertenecientes a 48 especies de ave, fueron registrados.

Al mismo tiempo, mediante imágenes satelitales, los investigadores cuantificaron y clasificaron las coberturas de vegetación nativa de matorral y bosque esclerófilo en éstas áreas, de modo de indagar si existía una correlación entre la diversidad de vegetación presente en los viñedos, y la diversidad de aves presentes en ellos.

Los resultados obtenidos entregan evidencia de cómo los viñedos diversificados benefician a la biodiversidad de aves, en comparación con monocultivos con escasa o nula presencia de vegetación nativa. De las 30 especies de aves analizadas, 19 de ellas mostraron una relación directa con la proporción de vegetación nativa hallada alrededor de los viñedos. 9 de ellas positivamente relacionadas, como fue el caso del canastero colinegro (Pseudasthenes humicola), el chercán negro (Scytalopus fuscus), la codorniz californiana (Callipepla californica), el yal negro (Phrygilus fruticeti), y el carpintero pitío (Colaptes pitius), entre otros, mientras que con otras 6, la proporción de este tipo de vegetación sirvió como un buen predictor (positivo) de su presencia.

Los investigadores también hallaron que, aun cuando las detecciones de aves fueron significativamente mayores en bosques de matorrales continuos, 84% de las especies también fueron encontradas en remanentes de bosque adyacentes a viñas.

La investigación también destacó la presencia y aumento de aves insectívoras en viñedos diversificados, fauna clave para la producción vinícola gracias a su rol en el mantenimiento de ecosistemas y plagas dañinas para los cultivos.
El lugar elegido para el estudio fueron los viñedos de Chile central, donde se concentra el 36,9% de la producción de uvas viníferas, parte de las zonas vitivinícolas del Nuevo Mundo Mediterráneo (NWM) (cuatro áreas que no pertenecen a la cuenca del Mediterráneo, pero que cuentan con las mismas características climáticas).

La actividad vitivinícola en Chile representa un importante activo económico, proyectando para 2020 ventas de US$4,500 millones. Para los investigadores la presión económica asociada a dicha actividad, en conjunto con la posibilidad de expansión de viñedos hacia nuevas zonas como consecuencia del cambio climático, hacen que el estudio de biodiversidad en agroecosistemas sea clave para la planificación para la conservación. “En este sentido, este estudio sienta las bases para la conservación de aves en viñedos y destaca el principio agroecológico de diversificación para la gestión de agroecosistemas” explica su autor principal, “siendo también relevante para hacer comparaciones con otras zonas del NWM, como California, Sudáfrica y Australia”.

Otro punto importante aludido por el estudio es la insuficiente cobertura legal en materia de conservación en Chile, considerando que la mayoría de las zonas con bosques esclerófilos y matorrales de su zona central se encuentran en manos de productores privados. “La conservación de estas áreas depende de las preferencias de los dueños. Este estudio entrega evidencia de cómo mejorar las prácticas para la conservación de biodiversidad, así como también propone resaltar el valor de las preferencias del consumidor para fomentar mejores prácticas para el desarrollo sustentable” comentan los autores.

Texto: Agusta Ordovas
Edición: Diego Pozo
Comunicaciones CAPES

Nuevo libro aborda las respuestas de organismos ante el cambio climático

“El cambio climático y la biología funcional de los organismos”, editado por Francisco Bozinovic y Lohengrin Cavieres, reúne el trabajo de destacados investigadores en el área de la biología funcional aplicada al actual proceso de calentamiento global.

La actual crisis climática, caracterizada por el aumento progresivo de las temperaturas a nivel mundial, no sólo supone la pérdida masiva de una enorme variedad de especies alrededor del planeta, sino que también afecta, con igual intensidad, a otro tipo de biodiversidad, algo menos conocida: la gran multiplicidad de funciones que presentan los seres vivos en las distintas interacciones con sus ambientes.

Un nuevo libro editado por los investigadores Francisco Bozinovic (Departamento de Ecología y Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad, CAPES, UC), y Lohengrin Cavieres (Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB) y publicado recientemente por Ediciones UC, da luces sobre cómo el cambio climático impacta en la función normal y patológica de los organismos, incluido a los humanos, recurriendo para ello a una de las disciplinas de la biología dedicada a investigar estos fenómenos: la biología funcional.

La biología funcional estudia los fenómenos biológicos en sus distintos niveles de organización —desde moléculas a organismos complejos e integrados— y se plantea, reseñan sus editores, al menos dos tipos de preguntas: ¿cómo operan los organismos en interacción con su ambiente?, y ¿cuáles son los procesos evolutivos que dan origen a una función?

Para responderlas en el contexto del actual escenario climático, el libro reunió a destacados investigadores especialistas en el área, quienes abordaron, desde distintas perspectivas, los mecanismos que explican los efectos biológicos del cambio climático sobre los organismos. Entre sus temas, se incluyen los cambios en la ecofisiología de las plantas vasculares antárticas como respuesta al cambio climático; la influencia del clima sobre el aumento de plagas e insectos nocivos; la sobrevivencia de las plantas de alta montaña en un mundo cada vez más cálido, y la emergencia de nuevas enfermedades zoonóticas nacidas en el nuevo panorama de cambio global.

Para conocer más sobre este libro y las implicancias del cambio climático sobre las diversas respuestas fisiológicas de los organismos, conversamos con uno de sus editores, el biólogo integrativo de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica, Francisco Bozinovic.

¿Cómo se concibe la idea del libro?

Este libro nace como una invitación mía y del Dr. Cavieres, biólogo vegetal de la Universidad de Concepción, a distintos colegas de Chile y Sudamérica que trabajan actualmente en el área de la biología funcional (esto es, el estudio de las respuestas actuales y futuras de los organismos a su ambiente) específicamente asociada al fenómeno de cambio climático. Pensábamos, y pensamos, que era fundamental incorporar información biológica básica en los modelos ecológicos y sociales que se trabajan hoy en día, de modo de mejorar las predicciones de las respuestas potenciales de los sistemas vivos al cambio global, y proporcionar herramientas para apoyar las decisiones de gestión. Sin ese conocimiento, podemos quedarnos con asociaciones simples y/o erradas.

¿De qué forma este conocimiento permite predecir de mejor forma dichas respuestas?

El conocimiento biológico básico puede aportar a una amplia gama de aplicaciones, como el control o erradicación de especies invasoras y pestes; el refinamiento de estrategias de producción; el manejo de recursos para minimizar impactos, y la evaluación de planes de conservación y restauración en un mundo que está cambiando muy rápido. En este contexto, en este libro se analizan diferentes tipos de organismos y ambientes en al menos cuatro puntos: la respuesta fisiológica a la exposición al cambio climático; la sensibilidad de los organismos frente al cambio climático; la habilidad potencial para recuperarse frente al cambio, y el potencial de adaptación genética al cambio. El cambio per se no es un problema para los organismos, el problema es la rapidez del cambio.

¿Cómo se estudian en la actualidad los efectos del cambio climático sobre la biología funcional de los organismos?

Se utilizan diferentes métodos de laboratorio y campo. Se registran variables fisiológicas a nivel de organismos completos y también se utilizan técnicas de biología molecular. Es decir, los biólogos funcionales se mueven entre diferentes niveles de organización biológica usando todas las herramientas disponibles que les permitan contestar las preguntas de su interés. Esta aproximación, también conocida como Biología Integrativa, reúne una diversidad de disciplinas que se complementan entre sí para desentrañar las complejidades de la biología. Incorpora diferentes ciencias y trabaja con distintos taxones, abarcando niveles de integración biológica que van desde las moléculas a los ecosistemas.

¿Qué tipos de organismos pudieran estar más expuestos a los cambios drástico que trae consigo el cambio climático?

La pregunta es compleja, pues hay efectos directos e indirectos del cambio climático sobre los organismos. Sin embargo, en concreto, los organismos ectotermos como las plantas, los peces, los insectos, los microorganismos, etc., quienes dependen de fuentes externas para la obtención de calor y regulación de la temperatura corporal, son particularmente vulnerables al cambio climático, y están expuestos a los efectos de aumentos en temperaturas promedio y a la variabilidad impredecible de temperatura de su hábitat.

¿Cuáles son los factores que determinan la capacidad de adaptación de un organismo a los cambios en sus ambientes?

La adaptación se puede definir como un proceso y como un producto. El proceso de adaptarse está relacionado con cambios genéticos. En términos fisiológicos, la palabra adaptación se usa para describir el ajuste del fenotipo de un organismo a su ambiente (por ejemplo, el cambio climático) o aclimatación. Sin embargo, esto no es adaptación en sentido estricto. Evolutivamente, se dice que una especie está adaptada a un ambiente sí y solo sí ese ambiente ha generado fuerzas selectivas que han afectado genéticamente a sus ancestros, dotándoles de rasgos que benefician la sobrevivencia y reproducción en un ambiente particular.

Para Bozinovic, el objetivo último del libro es enfatizar la importancia de integrar el conocimiento fisiológico en los modelos ecológicos para predecir con mayor exactitud los impactos de los cambios globales sobre los organismos, la biodiversidad, la salud pública y las políticas sociales. “En Chile la investigación fisiológica vinculada a dar respuestas a las incógnitas que proyecta el cambio climático lleva algunas décadas. El libro actúa como un sumario de todo este trabajo, con ejemplos particulares en Chile. Esperamos que sirva de motivación para que otros grupos de trabajos llenen los vacíos en la emergente ciencia del cambio global que aún no incorpora plenamente los mecanismos que explican la sensibilidad, la resiliencia y el potencial de adaptación al cambio climático de especies nativas y cultivadas, ni de las poblaciones humanas enfrentadas a diferentes escenarios globales” comenta.

“El cambio climático y la biología funcional de los organismos” se encuentra disponible en el sitio web de Ediciones UC, tanto en su formato físico como electrónico.