Nuevo libro aborda las respuestas de organismos ante el cambio climático

“El cambio climático y la biología funcional de los organismos”, editado por Francisco Bozinovic y Lohengrin Cavieres, reúne el trabajo de destacados investigadores en el área de la biología funcional aplicada al actual proceso de calentamiento global.

La actual crisis climática, caracterizada por el aumento progresivo de las temperaturas a nivel mundial, no sólo supone la pérdida masiva de una enorme variedad de especies alrededor del planeta, sino que también afecta, con igual intensidad, a otro tipo de biodiversidad, algo menos conocida: la gran multiplicidad de funciones que presentan los seres vivos en las distintas interacciones con sus ambientes.

Un nuevo libro editado por los investigadores Francisco Bozinovic (Departamento de Ecología y Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad, CAPES, UC), y Lohengrin Cavieres (Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB) y publicado recientemente por Ediciones UC, da luces sobre cómo el cambio climático impacta en la función normal y patológica de los organismos, incluido a los humanos, recurriendo para ello a una de las disciplinas de la biología dedicada a investigar estos fenómenos: la biología funcional.

La biología funcional estudia los fenómenos biológicos en sus distintos niveles de organización —desde moléculas a organismos complejos e integrados— y se plantea, reseñan sus editores, al menos dos tipos de preguntas: ¿cómo operan los organismos en interacción con su ambiente?, y ¿cuáles son los procesos evolutivos que dan origen a una función?

Para responderlas en el contexto del actual escenario climático, el libro reunió a destacados investigadores especialistas en el área, quienes abordaron, desde distintas perspectivas, los mecanismos que explican los efectos biológicos del cambio climático sobre los organismos. Entre sus temas, se incluyen los cambios en la ecofisiología de las plantas vasculares antárticas como respuesta al cambio climático; la influencia del clima sobre el aumento de plagas e insectos nocivos; la sobrevivencia de las plantas de alta montaña en un mundo cada vez más cálido, y la emergencia de nuevas enfermedades zoonóticas nacidas en el nuevo panorama de cambio global.

Para conocer más sobre este libro y las implicancias del cambio climático sobre las diversas respuestas fisiológicas de los organismos, conversamos con uno de sus editores, el biólogo integrativo de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica, Francisco Bozinovic.

¿Cómo se concibe la idea del libro?

Este libro nace como una invitación mía y del Dr. Cavieres, biólogo vegetal de la Universidad de Concepción, a distintos colegas de Chile y Sudamérica que trabajan actualmente en el área de la biología funcional (esto es, el estudio de las respuestas actuales y futuras de los organismos a su ambiente) específicamente asociada al fenómeno de cambio climático. Pensábamos, y pensamos, que era fundamental incorporar información biológica básica en los modelos ecológicos y sociales que se trabajan hoy en día, de modo de mejorar las predicciones de las respuestas potenciales de los sistemas vivos al cambio global, y proporcionar herramientas para apoyar las decisiones de gestión. Sin ese conocimiento, podemos quedarnos con asociaciones simples y/o erradas.

¿De qué forma este conocimiento permite predecir de mejor forma dichas respuestas?

El conocimiento biológico básico puede aportar a una amplia gama de aplicaciones, como el control o erradicación de especies invasoras y pestes; el refinamiento de estrategias de producción; el manejo de recursos para minimizar impactos, y la evaluación de planes de conservación y restauración en un mundo que está cambiando muy rápido. En este contexto, en este libro se analizan diferentes tipos de organismos y ambientes en al menos cuatro puntos: la respuesta fisiológica a la exposición al cambio climático; la sensibilidad de los organismos frente al cambio climático; la habilidad potencial para recuperarse frente al cambio, y el potencial de adaptación genética al cambio. El cambio per se no es un problema para los organismos, el problema es la rapidez del cambio.

¿Cómo se estudian en la actualidad los efectos del cambio climático sobre la biología funcional de los organismos?

Se utilizan diferentes métodos de laboratorio y campo. Se registran variables fisiológicas a nivel de organismos completos y también se utilizan técnicas de biología molecular. Es decir, los biólogos funcionales se mueven entre diferentes niveles de organización biológica usando todas las herramientas disponibles que les permitan contestar las preguntas de su interés. Esta aproximación, también conocida como Biología Integrativa, reúne una diversidad de disciplinas que se complementan entre sí para desentrañar las complejidades de la biología. Incorpora diferentes ciencias y trabaja con distintos taxones, abarcando niveles de integración biológica que van desde las moléculas a los ecosistemas.

¿Qué tipos de organismos pudieran estar más expuestos a los cambios drástico que trae consigo el cambio climático?

La pregunta es compleja, pues hay efectos directos e indirectos del cambio climático sobre los organismos. Sin embargo, en concreto, los organismos ectotermos como las plantas, los peces, los insectos, los microorganismos, etc., quienes dependen de fuentes externas para la obtención de calor y regulación de la temperatura corporal, son particularmente vulnerables al cambio climático, y están expuestos a los efectos de aumentos en temperaturas promedio y a la variabilidad impredecible de temperatura de su hábitat.

¿Cuáles son los factores que determinan la capacidad de adaptación de un organismo a los cambios en sus ambientes?

La adaptación se puede definir como un proceso y como un producto. El proceso de adaptarse está relacionado con cambios genéticos. En términos fisiológicos, la palabra adaptación se usa para describir el ajuste del fenotipo de un organismo a su ambiente (por ejemplo, el cambio climático) o aclimatación. Sin embargo, esto no es adaptación en sentido estricto. Evolutivamente, se dice que una especie está adaptada a un ambiente sí y solo sí ese ambiente ha generado fuerzas selectivas que han afectado genéticamente a sus ancestros, dotándoles de rasgos que benefician la sobrevivencia y reproducción en un ambiente particular.

Para Bozinovic, el objetivo último del libro es enfatizar la importancia de integrar el conocimiento fisiológico en los modelos ecológicos para predecir con mayor exactitud los impactos de los cambios globales sobre los organismos, la biodiversidad, la salud pública y las políticas sociales. “En Chile la investigación fisiológica vinculada a dar respuestas a las incógnitas que proyecta el cambio climático lleva algunas décadas. El libro actúa como un sumario de todo este trabajo, con ejemplos particulares en Chile. Esperamos que sirva de motivación para que otros grupos de trabajos llenen los vacíos en la emergente ciencia del cambio global que aún no incorpora plenamente los mecanismos que explican la sensibilidad, la resiliencia y el potencial de adaptación al cambio climático de especies nativas y cultivadas, ni de las poblaciones humanas enfrentadas a diferentes escenarios globales” comenta.

“El cambio climático y la biología funcional de los organismos” se encuentra disponible en el sitio web de Ediciones UC, tanto en su formato físico como electrónico.

Vecinos con plumas: apreciando la biodiversidad desde la inclusión

Durante octubre de 2019, un grupo interdisciplinario de docentes e investigadores visitó un colegio de niños con discapacidad visual para enseñarles sobre la enorme biodiversidad de aves presente en la Región Metropolitana. La experiencia, nos cuentan, les ayudó a entender lo necesario de una educación ambiental multisensorial, e inclusiva, en las aulas chilenas.

Amanece en Santiago, e incluso antes de abrir los ojos, ya sabemos que la ciudad ha despertado.

El ruido de un auto cortando el aire irrumpe por la ventana, seguido de cerca por los ladridos de un perro. A lo lejos, se escucha amortiguado el pitido de una alarma, y el zumbido eléctrico de un letrero se cuela por los oídos. La luz del sol apenas calienta, y ya la urbe completa es una olla bullente de los más variados sonidos.

Y de vez en cuanto, rompiendo esa cacofonía, el trino matutino de un zorzal.

Las aves, tal vez como ningún otro animal fuera de los insectos, son notables en el hecho de que pueden ser apreciadas tanto por los ojos, como por otros sentidos. Su gran variedad de formas y cantos refleja no sólo la abundante diversidad biológica presente en la ciudad, sino también las distintas maneras en que podemos percibirla quienes vivimos en ella.

Durante el segundo semestre de 2019, un grupo interdisciplinario de científicos, artistas y educadores, de la mano del Laboratorio de Innovación Social para la Discapacidad Visual, OCULAB, pudo corroborar de primera fuente la capacidad inclusiva de las aves como vehículos para conocer la biodiversidad que nos rodea.

Esto, gracias al taller «Vecinos con plumas: comprendiendo la ecología urbana a través de la inclusión», una iniciativa de educación ambiental que buscó acercar distintos tipos de saberes sobre las aves que habitan la ciudad, a niños y niñas con diversos tipos de discapacidad visual.

Por medio de sesiones multisensoriales, los niños aprendieron las principales características de las aves urbanas más comunes de la capital, realizando actividades que incluyeron la emisión de registros sonoros de estas aves, el contacto directo con figuras de madera y ejemplares disecados, e incluso la elaboración de nidos de queltehue y picaflor con materiales comunes.

“Un proyecto educativo multisensorial tiene muchas más posibilidades de implementarse en un público más amplio, que incluya a estudiantes diversos” explica la coordinadora del proyecto y miembro de OCULAB, Luz Valeria Oppliger. “Al utilizar formatos que apelen a los distintos sentidos, estás validando las diversas formas de aprender de los estudiantes, y más posibilidades tienes de motivarlos, (sea cual sea su sentido más fuerte o de preferencia) y un estudiante motivado es un estudiante dispuesto a aprender contenidos” añade.

La iniciativa fue financiada gracias a la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana y la Vicerrectoría de Investigación UC, mediante un fondo orientado al desarrollo de programas educativos basados en principios y valores propios de la formación católica. En este caso, los organizadores del taller se inspiraron en la encíclica del Papa Francisco “Laudato si’”, centrada en el cuidado del medio ambiente y la necesidad de una ecología que integre el lugar del ser humano, y sus relaciones con la realidad que lo rodea, como nuevo paradigma de justicia.

Y para la mayoría de los seres humanos, esa realidad circundante toma la forma de una ciudad: “Escogimos la ecología urbana como tema del taller, porque las metrópolis a menudo son vistas como grandes consumidoras de servicios ecosistémicos, y rara vez como generadoras de los mismos a través de sus áreas verdes, donde cohabitan especies vegetales y animales adaptados a estas nuevas y complejas matrices de interacciones” dice Oppliger.

Sólo en la Región Metropolitana, nos cuenta la también bióloga del Centro de Ecología Aplicada y Biodiversidad, CAPES UC, es posible observar cada día más de una docena de aves urbanas, las cuales, con su presencia, contribuyen a generar territorios resilientes que entregan bienestar a los ciudadanos.

Algunas de estas aves también fueron representadas en la forma de figuras talladas en madera por el artesano nacional Richard Bravo, quien recreó, en tamaño real, a las 12 aves urbanas más vistas en la Región Metropolitana: la paloma, el zorzal, el chincol, el picaflor, el mirlo, el tordo, la cotorra, el queltehue, el tiuque, el chercán, el cachudito y la tórtola, acercando sus formas y tamaños a las manos de los niños.

Además, los participantes del taller también pudieron sentir el plumaje de algunas de estas aves gracias a una serie de ejemplares preparados por el taxidermista y museólogo Patricio Zavala Fernández, curador de la Colección Flora y Fauna Patricio Sánchez Reyes de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica.

El taller, cuya experiencia piloto fue implementada en el Colegio de Niños Ciegos Santa Lucía, contó con un equipo multidisciplinario de profesionales, lo que para Oppliger ayudó a enriquecer la experiencia metodológica: “la discapacidad es una realidad muy compleja, con aristas inimaginables para las personas que no viven la discapacidad. Tener un equipo con personas de distintas formaciones y experiencias siempre enriquecerá un proyecto con sus posibles diseños e implementación”, explica.

Los profesionales CAPES Gabriela Flores y César González fueron los encargados de desarrollar los contenidos y asesorar científicamente el proyecto. Éste último revela que, incluso para los organizadores del taller “esta fue una experiencia increíble; los niños han manifestado un gran interés en el taller participativo, y nos han sorprendido con sus conocimientos y capacidad de imitación de algunas aves que habitualmente podemos percibir, escuchar y/o ver en la ciudad”.

¿Y cómo impactó el taller en los niños que participaron de él? En opinión de los profesionales, tanto los estudiantes de la experiencia piloto como del grupo original apreciaron mucho el taller. “Observamos una gran diversidad de repuestas en las evaluaciones sobre las preferencias de formato de las actividades”, dice Oppliger, “lo que refleja la diversidad y complejidad que representa la discapacidad visual”.

“En los talleres participaron niños con ceguera total, mientras unos preferían las actividades con tacto, otros valoraban más los ejercicios de audición, donde no sólo eran invitados a reconocer los cantos de las aves, sino también a imitarlos” detalla la investigadora. Los estudiantes con discapacidad visual parcial, en cambio, complementaban los sentidos, siempre usando el porcentaje de visión remanente. “En general, la actividad más exitosa fue la construcción de nido de queltehue y de picaflor chico” concluye.

La experiencia, finalmente, constituyó un aprendizaje para estudiantes, y organizadores. “Aprendimos a darnos cuenta de la complejidad que tiene vivir con discapacidad visual, porque este déficit muy pocas veces viene solo, sino acompañado de otras complicaciones físicas, cognitivas, emocionales o psicosociales. También aprendimos a valorar el trabajo de los docentes que imparten clases a estudiantes con discapacidad visual, ya que son aulas donde cada estudiante representa un desafío pedagógico distinto”, remata Oppliger.

Ve el video resumen de la iniciativa.

Vecinos con plumas: apreciando la biodiversidad desde la inclusión

Durante octubre de 2019, un grupo interdisciplinario de docentes e investigadores visitó un colegio de niños con discapacidad visual para enseñarles sobre la enorme biodiversidad de aves presente en la Región Metropolitana. La experiencia, nos cuentan, les ayudó a entender lo necesario de una educación ambiental multisensorial, e inclusiva, en las aulas chilenas.

Amanece en Santiago, e incluso antes de abrir los ojos, ya sabemos que la ciudad ha despertado.

El ruido de un auto cortando el aire irrumpe por la ventana, seguido de cerca por los ladridos de un perro. A lo lejos, se escucha amortiguado el pitido de una alarma, y el zumbido eléctrico de un letrero se cuela por los oídos. La luz del sol apenas calienta, y ya la urbe completa es una olla bullente de los más variados sonidos.

Y de vez en cuanto, rompiendo esa cacofonía, el trino matutino de un zorzal.

Las aves, tal vez como ningún otro animal fuera de los insectos, son notables en el hecho de que pueden ser apreciadas tanto por los ojos, como por otros sentidos. Su gran variedad de formas y cantos refleja no sólo la abundante diversidad biológica presente en la ciudad, sino también las distintas maneras en que podemos percibirla quienes vivimos en ella.

Durante el segundo semestre de 2019, un grupo interdisciplinario de científicos, artistas y educadores, de la mano del Laboratorio de Innovación Social para la Discapacidad Visual, OCULAB, pudo corroborar de primera fuente la capacidad inclusiva de las aves como vehículos para conocer la biodiversidad que nos rodea.

Esto, gracias al taller «Vecinos con plumas: comprendiendo la ecología urbana a través de la inclusión», una iniciativa de educación ambiental que buscó acercar distintos tipos de saberes sobre las aves que habitan la ciudad, a niños y niñas con diversos tipos de discapacidad visual.

Por medio de sesiones multisensoriales, los niños aprendieron las principales características de las aves urbanas más comunes de la capital, realizando actividades que incluyeron la emisión de registros sonoros de estas aves, el contacto directo con figuras de madera y ejemplares disecados, e incluso la elaboración de nidos de queltehue y picaflor con materiales comunes.

“Un proyecto educativo multisensorial tiene muchas más posibilidades de implementarse en un público más amplio, que incluya a estudiantes diversos” explica la coordinadora del proyecto y miembro de OCULAB, Luz Valeria Oppliger. “Al utilizar formatos que apelen a los distintos sentidos, estás validando las diversas formas de aprender de los estudiantes, y más posibilidades tienes de motivarlos, (sea cual sea su sentido más fuerte o de preferencia) y un estudiante motivado es un estudiante dispuesto a aprender contenidos” añade.

La iniciativa fue financiada gracias a la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana y la Vicerrectoría de Investigación UC, mediante un fondo orientado al desarrollo de programas educativos basados en principios y valores propios de la formación católica. En este caso, los organizadores del taller se inspiraron en la encíclica del Papa Francisco “Laudato si’”, centrada en el cuidado del medio ambiente y la necesidad de una ecología que integre el lugar del ser humano, y sus relaciones con la realidad que lo rodea, como nuevo paradigma de justicia.

Y para la mayoría de los seres humanos, esa realidad circundante toma la forma de una ciudad: “Escogimos la ecología urbana como tema del taller, porque las metrópolis a menudo son vistas como grandes consumidoras de servicios ecosistémicos, y rara vez como generadoras de los mismos a través de sus áreas verdes, donde cohabitan especies vegetales y animales adaptados a estas nuevas y complejas matrices de interacciones” dice Oppliger.

Sólo en la Región Metropolitana, nos cuenta la también bióloga del Centro de Ecología Aplicada y Biodiversidad, CAPES UC, es posible observar cada día más de una docena de aves urbanas, las cuales, con su presencia, contribuyen a generar territorios resilientes que entregan bienestar a los ciudadanos.

Algunas de estas aves también fueron representadas en la forma de figuras talladas en madera por el artesano nacional Richard Bravo, quien recreó, en tamaño real, a las 12 aves urbanas más vistas en la Región Metropolitana: la paloma, el zorzal, el chincol, el picaflor, el mirlo, el tordo, la cotorra, el queltehue, el tiuque, el chercán, el cachudito y la tórtola, acercando sus formas y tamaños a las manos de los niños.

Además, los participantes del taller también pudieron sentir el plumaje de algunas de estas aves gracias a una serie de ejemplares preparados por el taxidermista y museólogo Patricio Zavala Fernández, curador de la Colección Flora y Fauna Patricio Sánchez Reyes de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica.

El taller, cuya experiencia piloto fue implementada en el Colegio de Niños Ciegos Santa Lucía, contó con un equipo multidisciplinario de profesionales, lo que para Oppliger ayudó a enriquecer la experiencia metodológica: “la discapacidad es una realidad muy compleja, con aristas inimaginables para las personas que no viven la discapacidad. Tener un equipo con personas de distintas formaciones y experiencias siempre enriquecerá un proyecto con sus posibles diseños e implementación”, explica.

Los profesionales CAPES Gabriela Flores y César González fueron los encargados de desarrollar los contenidos y asesorar científicamente el proyecto. Éste último revela que, incluso para los organizadores del taller “esta fue una experiencia increíble; los niños han manifestado un gran interés en el taller participativo, y nos han sorprendido con sus conocimientos y capacidad de imitación de algunas aves que habitualmente podemos percibir, escuchar y/o ver en la ciudad”.

¿Y cómo impactó el taller en los niños que participaron de él? En opinión de los profesionales, tanto los estudiantes de la experiencia piloto como del grupo original apreciaron mucho el taller. “Observamos una gran diversidad de repuestas en las evaluaciones sobre las preferencias de formato de las actividades”, dice Oppliger, “lo que refleja la diversidad y complejidad que representa la discapacidad visual”.

“En los talleres participaron niños con ceguera total, mientras unos preferían las actividades con tacto, otros valoraban más los ejercicios de audición, donde no sólo eran invitados a reconocer los cantos de las aves, sino también a imitarlos” detalla la investigadora. Los estudiantes con discapacidad visual parcial, en cambio, complementaban los sentidos, siempre usando el porcentaje de visión remanente. “En general, la actividad más exitosa fue la construcción de nido de queltehue y de picaflor chico” concluye.

La experiencia, finalmente, constituyó un aprendizaje para estudiantes, y organizadores. “Aprendimos a darnos cuenta de la complejidad que tiene vivir con discapacidad visual, porque este déficit muy pocas veces viene solo, sino acompañado de otras complicaciones físicas, cognitivas, emocionales o psicosociales. También aprendimos a valorar el trabajo de los docentes que imparten clases a estudiantes con discapacidad visual, ya que son aulas donde cada estudiante representa un desafío pedagógico distinto”, remata Oppliger.

Ve el video resumen de la iniciativa.

Estudio da nuevas pistas sobre el colapso de la civilización Rapa Nui

La investigación desarrollada por científicos del CAPES e IEB, y publicada en Proceedings of the Royal Society B, reveló que la crisis demográfica estaría vinculada a una interacción entre los efectos del cambio climático, la sobrepoblación y el déficit en la producción de alimentos.

Múltiples estudios alrededor del mundo han buscado explicar la trayectoria de la cultura polinésica de Isla de Pascua desde el arribo de sus primeros habitantes a comienzos del siglo XIII, hasta la llegada de los colonizadores europeos en el siglo XVIII. Es tal el interés por su historia demográfica y ecológica, que el “Ombligo del mundo” se ha transformado en un verdadero laboratorio para entender los procesos de colapso de las civilizaciones antiguas.

El más reciente intento por esclarecer el misterio condujo a un grupo de científicos chilenos y españoles a reconstruir la historia de auge y declive de la cultura Rapa Nui a través de las fluctuaciones de su población, recopilando para ello datos paleoclimáticos, paleoecológicos y fechados de radiocarbono en la Isla.

El trabajo, publicado en la Revista Proceedings of the Royal Society B y liderado por expertos del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad, CAPES, y del Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB, utilizó modelos dinámicos para analizar cómo la interacción de factores climáticos, demográficos y ecológicos pudieron haber incidido en la caída de la población de la Isla, pudiendo determinar que, en vez de un gran colapso poblacional, la sociedad Rapa Nui vivió tres episodios de este tipo en los últimos 800 años.

“Para entender qué fue lo que en verdad ocurrió, utilizamos los datos provenientes de hallazgos de restos humanos y arqueológicos en la Isla para inferir de ellos los tamaños poblacionales de la sociedad Rapa Nui a lo largo de su historia, además de datos sobre el tipo de vegetación presente en la zona y la historia climática de la región. Luego, empleando como marco la teoría de dinámica poblacional, pudimos observar cómo se combinaban estos elementos”, explica Mauricio Lima, investigador de CAPES y autor principal del estudio.

La particularidad de este modelo, explica Lima, es que por primera vez se pudo analizar la incidencia del clima en las dinámicas de población de la Isla, incorporándola a factores demográficos ecológicos, como el uso de recursos. “La teoría de dinámica poblacional entrega modelos bien sencillos y claros para trabajar con distintas variables que permiten hacer hipótesis más cuantitativas. Había algunas aproximaciones de modelos en Isla de Pascua sobre este tema, pero que sólo consideraban la interacción entre la población humana y recursos naturales, pensando más bien en una especie de colapso endógeno, es decir, por un solo recurso o sobreexplotación del mismo”, señala el investigador de CAPES.

¿Ecocidio o genocidio?

¿Pero qué nos dicen los registros acerca de estas crisis? Al respecto, el estudio señala la existencia de tres colapsos poblacionales en el período estudiado: dos de ellos, previo a la colonización europea. Asimismo, se abordan las causas que habrían conducido a las alteraciones sociodemográficas en este lugar.

Hasta ahora, eran las dos hipótesis predominantes sobre el colapso ocurrido en la isla durante éste período. La primera, conocida como la hipótesis del “ecocidio” habla de una caída abrupta en el número de habitantes a causa del progresivo aumento de su población y el uso intensivo de sus recursos naturales, agotando la tierra disponible para la agricultura y eventualmente condenando a su población a la falta de alimentos.

“El ecocidio es una suerte de suicidio ecológico, que implica llegar a la Isla y deforestar todo, generando con esto que la población empiece a disminuir su número. En este caso, se observa que la población va colapsando a medida que se van agotando los recursos, como la cantidad de palmeras disponibles. Se observa que hay una alteración en el uso del suelo, que pudo haber sido muy relevante”, comenta Claudio Latorre, investigador del Instituto de Ecología y Biodiversidad.

La segunda teoría, bautizada como del “genocidio”, arguye que la civilización Rapa Nui se mantuvo estable hasta antes de la llegada de los europeos en el 1700, quienes, por medio de la introducción de enfermedades, plagas y la trata de esclavos, terminaron por desplomar definitivamente su población.

Para los investigadores, si bien estas teorías tienen cierto asidero, ninguna de ellas explica por si sola lo ocurrido en Rapa Nui. “Probablemente, los colapsos se produjeron por una combinación entre el crecimiento poblacional, el cambio climático y el sobreuso de recursos. A medida que se colonizaba la Isla y se empezaba a expandir la población, las necesidades o demandas por recursos alimenticios, tierra arable y productividad de la tierra, también lo hicieron. Esto, fue acompañado por un proceso gradual de cambio climático entre los años 1200-1250 y 1700, específicamente, una intensificación del fenómeno de La Niña que trajo una disminución en las precipitaciones. Esto impactó en la capacidad productiva de la tierra y, por tanto, en la habilidad de pueblo Rapa Nui para alimentar a su población.”, detalla Lima.

En opinión del ecólogo de poblaciones, bastó con un pequeño cambio en el promedio de las precipitaciones anuales en el Pacífico para desatar estos colapsos, “Lo que la Isla nos deja como lección es que uno no necesita grandes cambios climáticos para tener un colapso o un problema sociodemográfico grave, sino sólo una interacción entre un tamaño poblacional muy grande, un ecosistema presionado por esa población, y una disminución gradual en las condiciones de las que depende ese ecosistema para proveer alimento”.

Los investigadores también especulan que uno de estos colapsos, sucedido entre 1450 y 1550 aproximadamente, pudo haber coincidido con un cambio cultural y social en la Isla, que transita de un tipo de sociedad más compleja y jerarquizada –caracterizada por la construcción de grandes edificaciones y monumentos, los Moai– a un modelo societal más austero y simplificado, constituido por grupos y clanes familiares. “En el caso de esta crisis, al término de la construcción de la fase de los moais, se agotaron los recursos de la Isla. Este cambio radical habría tenido que ver con la forma de relacionarse con la naturaleza”, explica Latorre.

Para éste último, este cambio cultural supone una suerte de resiliencia socioecológica de parte de la sociedad Rapa Nui. Mal que mal, “¿cómo es que los pascuenses lograran sobrevivir en esa gran roca durante 1200 años? Pensamos que eso fue así, porque se fueron adaptando a las condiciones que ellos mismos fueron generando, en parte gracias a los grandes cambios tecnológicos, pero sobre todo limitando su consumo y transformando su sistema de cultivo”.

Lecciones para el mundo actual

En un planeta en el que la población mundial crece de forma exponencial, al tiempo que se sobreexplotan los ecosistemas naturales, el estudio tiene bastante que enseñarnos al respecto. “La Isla puede ser entendida como un laboratorio de lo que puede ocurrir a escala global. Mal que mal, este planeta, al igual que una isla, es un sistema finito, sobrepoblado, y que está experimentando un proceso acelerado de cambio climático, generado esta vez por la propia actividad humana. Esos tres componentes son un cóctel que puede producir problemas importantes en la demografía, en la calidad del ambiente y en los procesos ecológicos”, comenta Lima.

Por su parte, Latorre afirma que el trabajo recién publicado se vincula totalmente al escenario de cambio global, y el hecho de que la población mundial es la actual fuerza y motor que nos está llevando a la deforestación, extinción de especies y cambios en el uso de suelo. “Eso es un ecocidio también. Y por eso el paradigma de Isla de Pascua es tan llamativo y se parece a lo que está viviendo la población mundial”, puntualiza.

Estudio da nuevas pistas sobre el colapso de la civilización Rapa Nui

La investigación desarrollada por científicos del CAPES e IEB, y publicada en Proceedings of the Royal Society B, reveló que la crisis demográfica estaría vinculada a una interacción entre los efectos del cambio climático, la sobrepoblación y el déficit en la producción de alimentos.

Múltiples estudios alrededor del mundo han buscado explicar la trayectoria de la cultura polinésica de Isla de Pascua desde el arribo de sus primeros habitantes a comienzos del siglo XIII, hasta la llegada de los colonizadores europeos en el siglo XVIII. Es tal el interés por su historia demográfica y ecológica, que el “Ombligo del mundo” se ha transformado en un verdadero laboratorio para entender los procesos de colapso de las civilizaciones antiguas.

El más reciente intento por esclarecer el misterio condujo a un grupo de científicos chilenos y españoles a reconstruir la historia de auge y declive de la cultura Rapa Nui a través de las fluctuaciones de su población, recopilando para ello datos paleoclimáticos, paleoecológicos y fechados de radiocarbono en la Isla.

El trabajo, publicado en la Revista Proceedings of the Royal Society B y liderado por expertos del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad, CAPES, y del Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB, utilizó modelos dinámicos para analizar cómo la interacción de factores climáticos, demográficos y ecológicos pudieron haber incidido en la caída de la población de la Isla, pudiendo determinar que, en vez de un gran colapso poblacional, la sociedad Rapa Nui vivió tres episodios de este tipo en los últimos 800 años.

“Para entender qué fue lo que en verdad ocurrió, utilizamos los datos provenientes de hallazgos de restos humanos y arqueológicos en la Isla para inferir de ellos los tamaños poblacionales de la sociedad Rapa Nui a lo largo de su historia, además de datos sobre el tipo de vegetación presente en la zona y la historia climática de la región. Luego, empleando como marco la teoría de dinámica poblacional, pudimos observar cómo se combinaban estos elementos”, explica Mauricio Lima, investigador de CAPES y autor principal del estudio.

La particularidad de este modelo, explica Lima, es que por primera vez se pudo analizar la incidencia del clima en las dinámicas de población de la Isla, incorporándola a factores demográficos ecológicos, como el uso de recursos. “La teoría de dinámica poblacional entrega modelos bien sencillos y claros para trabajar con distintas variables que permiten hacer hipótesis más cuantitativas. Había algunas aproximaciones de modelos en Isla de Pascua sobre este tema, pero que sólo consideraban la interacción entre la población humana y recursos naturales, pensando más bien en una especie de colapso endógeno, es decir, por un solo recurso o sobreexplotación del mismo”, señala el investigador de CAPES.

¿Ecocidio o genocidio?

¿Pero qué nos dicen los registros acerca de estas crisis? Al respecto, el estudio señala la existencia de tres colapsos poblacionales en el período estudiado: dos de ellos, previo a la colonización europea. Asimismo, se abordan las causas que habrían conducido a las alteraciones sociodemográficas en este lugar.

Hasta ahora, eran las dos hipótesis predominantes sobre el colapso ocurrido en la isla durante éste período. La primera, conocida como la hipótesis del “ecocidio” habla de una caída abrupta en el número de habitantes a causa del progresivo aumento de su población y el uso intensivo de sus recursos naturales, agotando la tierra disponible para la agricultura y eventualmente condenando a su población a la falta de alimentos.

“El ecocidio es una suerte de suicidio ecológico, que implica llegar a la Isla y deforestar todo, generando con esto que la población empiece a disminuir su número. En este caso, se observa que la población va colapsando a medida que se van agotando los recursos, como la cantidad de palmeras disponibles. Se observa que hay una alteración en el uso del suelo, que pudo haber sido muy relevante”, comenta Claudio Latorre, investigador del Instituto de Ecología y Biodiversidad.

La segunda teoría, bautizada como del “genocidio”, arguye que la civilización Rapa Nui se mantuvo estable hasta antes de la llegada de los europeos en el 1700, quienes, por medio de la introducción de enfermedades, plagas y la trata de esclavos, terminaron por desplomar definitivamente su población.

Para los investigadores, si bien estas teorías tienen cierto asidero, ninguna de ellas explica por si sola lo ocurrido en Rapa Nui. “Probablemente, los colapsos se produjeron por una combinación entre el crecimiento poblacional, el cambio climático y el sobreuso de recursos. A medida que se colonizaba la Isla y se empezaba a expandir la población, las necesidades o demandas por recursos alimenticios, tierra arable y productividad de la tierra, también lo hicieron. Esto, fue acompañado por un proceso gradual de cambio climático entre los años 1200-1250 y 1700, específicamente, una intensificación del fenómeno de La Niña que trajo una disminución en las precipitaciones. Esto impactó en la capacidad productiva de la tierra y, por tanto, en la habilidad de pueblo Rapa Nui para alimentar a su población.”, detalla Lima.

En opinión del ecólogo de poblaciones, bastó con un pequeño cambio en el promedio de las precipitaciones anuales en el Pacífico para desatar estos colapsos, “Lo que la Isla nos deja como lección es que uno no necesita grandes cambios climáticos para tener un colapso o un problema sociodemográfico grave, sino sólo una interacción entre un tamaño poblacional muy grande, un ecosistema presionado por esa población, y una disminución gradual en las condiciones de las que depende ese ecosistema para proveer alimento”.

Los investigadores también especulan que uno de estos colapsos, sucedido entre 1450 y 1550 aproximadamente, pudo haber coincidido con un cambio cultural y social en la Isla, que transita de un tipo de sociedad más compleja y jerarquizada –caracterizada por la construcción de grandes edificaciones y monumentos, los Moai– a un modelo societal más austero y simplificado, constituido por grupos y clanes familiares. “En el caso de esta crisis, al término de la construcción de la fase de los moais, se agotaron los recursos de la Isla. Este cambio radical habría tenido que ver con la forma de relacionarse con la naturaleza”, explica Latorre.

Para éste último, este cambio cultural supone una suerte de resiliencia socioecológica de parte de la sociedad Rapa Nui. Mal que mal, “¿cómo es que los pascuenses lograran sobrevivir en esa gran roca durante 1200 años? Pensamos que eso fue así, porque se fueron adaptando a las condiciones que ellos mismos fueron generando, en parte gracias a los grandes cambios tecnológicos, pero sobre todo limitando su consumo y transformando su sistema de cultivo”.

Lecciones para el mundo actual

En un planeta en el que la población mundial crece de forma exponencial, al tiempo que se sobreexplotan los ecosistemas naturales, el estudio tiene bastante que enseñarnos al respecto. “La Isla puede ser entendida como un laboratorio de lo que puede ocurrir a escala global. Mal que mal, este planeta, al igual que una isla, es un sistema finito, sobrepoblado, y que está experimentando un proceso acelerado de cambio climático, generado esta vez por la propia actividad humana. Esos tres componentes son un cóctel que puede producir problemas importantes en la demografía, en la calidad del ambiente y en los procesos ecológicos”, comenta Lima.

Por su parte, Latorre afirma que el trabajo recién publicado se vincula totalmente al escenario de cambio global, y el hecho de que la población mundial es la actual fuerza y motor que nos está llevando a la deforestación, extinción de especies y cambios en el uso de suelo. “Eso es un ecocidio también. Y por eso el paradigma de Isla de Pascua es tan llamativo y se parece a lo que está viviendo la población mundial”, puntualiza.

Curso en línea «Actualización Curricular en Ecología» para profesores | 13 al 31 de julio 2020

El Centro de Investigación Científica Escolar (CICE) junto al Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (CAPES UC) de la Pontificia Universidad Católica de Chile tienen el agrado de invitar al curso “Actualización Curricular en Ecología”, el cual se encuentra dirigido a docentes de ciencias de cualquier subsector que tengan la labor de liderar cursos de Ciencias, Biología o las nuevas asignaturas de Ciencias para la Ciudadanía y Biología de los Ecosistemas, aunque también está dirigido a toda persona que tenga interés en el tema.

Ligados a las nuevas bases curriculares, el curso tiene dos grandes propósitos. Uno es que los docentes conozcan y dominen el nuevo marco curricular que rige desde el 2020, en las asignaturas de Biología para I° y II° medio, Ciencias para la ciudadanía y Biología de los Ecosistemas para III° y IV° medio, poniendo especial énfasis en aquellos objetivos de aprendizaje que involucran contenidos y destrezas en el ámbito de la ecología; y el otro es que los docentes dominen aquellos contenidos referidos al ámbito ecológico y que luego deberán trabajar en sus respectivos establecimientos educacionales, proponiendo metodologías de trabajo como el ABP (Aprendizaje Basado en Proyectos). Por ello se profundizará en tópicos como la ecología poblacional, ecología comunitaria, amenazas para la conservación biológica, cambio climático y servicios ecosistémicos.

Coordinador del Curso

Carlos Zurita Redón (Director CICE).

Tutores

Daniela del Solar, Tomás Quiñones, Paulo Suazo, Ignacio Valverde (Coordinadores CICE)

Fecha del Curso

Desde el lunes 13 al viernes 31 de Julio de 2020.

Modalidad del curso

Online, a través de la web cice.cl. El curso está dividido en 4 módulos de trabajo, cada módulo tiene una duración de 4 días, donde se espera que durante esos días los docentes vean las cápsulas con las clases grabadas, presencien una charla, realicen un trabajo práctico y respondan un Quiz, todo eso en sus tiempos libres, lo que les entrega a los participantes la posibilidad de tener más libertad en el manejo de sus tiempos. Cada módulo termina con una reunión por Zoom (en una fecha y hora determinada, detallada en el programa) donde resolvemos todas las dudas que hagan surgido al momento del trabajo individual de los módulos.

Duración del programa

24 horas cronológicas de trabajo en total (8 horas semanales).

Valor del Curso

$90.000 a través de transferencia bancaria, optando por una de las siguientes dos modalidades. A) 50% del valor del curso al momento de la inscripción para asegurar su cupo, y el otro 50% a más tardar el lunes 13 de julio. B) 100% del valor del curso al momento de la inscripción.

Atención: la sola inscripción vía web, completando el formulario de Google, no asegura el cupo en el curso, la única forma de asegurarlo es a través de una de las dos vías antes descritas para su pago.

Programa del curso

Descarga el programa del curso (PDF) en este enlace

Inscripción

Inscríbete en el curso en este enlace.

Más información en cice.cl/cursoecologia

Curso en línea «Actualización Curricular en Ecología» para profesores | 13 al 31 de julio 2020

El Centro de Investigación Científica Escolar (CICE) junto al Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (CAPES UC) de la Pontificia Universidad Católica de Chile tienen el agrado de invitar al curso “Actualización Curricular en Ecología”, el cual se encuentra dirigido a docentes de ciencias de cualquier subsector que tengan la labor de liderar cursos de Ciencias, Biología o las nuevas asignaturas de Ciencias para la Ciudadanía y Biología de los Ecosistemas, aunque también está dirigido a toda persona que tenga interés en el tema.

Ligados a las nuevas bases curriculares, el curso tiene dos grandes propósitos. Uno es que los docentes conozcan y dominen el nuevo marco curricular que rige desde el 2020, en las asignaturas de Biología para I° y II° medio, Ciencias para la ciudadanía y Biología de los Ecosistemas para III° y IV° medio, poniendo especial énfasis en aquellos objetivos de aprendizaje que involucran contenidos y destrezas en el ámbito de la ecología; y el otro es que los docentes dominen aquellos contenidos referidos al ámbito ecológico y que luego deberán trabajar en sus respectivos establecimientos educacionales, proponiendo metodologías de trabajo como el ABP (Aprendizaje Basado en Proyectos). Por ello se profundizará en tópicos como la ecología poblacional, ecología comunitaria, amenazas para la conservación biológica, cambio climático y servicios ecosistémicos.

Coordinador del Curso

Carlos Zurita Redón (Director CICE).

Tutores

Daniela del Solar, Tomás Quiñones, Paulo Suazo, Ignacio Valverde (Coordinadores CICE)

Fecha del Curso

Desde el lunes 13 al viernes 31 de Julio de 2020.

Modalidad del curso

Online, a través de la web cice.cl. El curso está dividido en 4 módulos de trabajo, cada módulo tiene una duración de 4 días, donde se espera que durante esos días los docentes vean las cápsulas con las clases grabadas, presencien una charla, realicen un trabajo práctico y respondan un Quiz, todo eso en sus tiempos libres, lo que les entrega a los participantes la posibilidad de tener más libertad en el manejo de sus tiempos. Cada módulo termina con una reunión por Zoom (en una fecha y hora determinada, detallada en el programa) donde resolvemos todas las dudas que hagan surgido al momento del trabajo individual de los módulos.

Duración del programa

24 horas cronológicas de trabajo en total (8 horas semanales).

Valor del Curso

$90.000 a través de transferencia bancaria, optando por una de las siguientes dos modalidades. A) 50% del valor del curso al momento de la inscripción para asegurar su cupo, y el otro 50% a más tardar el lunes 13 de julio. B) 100% del valor del curso al momento de la inscripción.

Atención: la sola inscripción vía web, completando el formulario de Google, no asegura el cupo en el curso, la única forma de asegurarlo es a través de una de las dos vías antes descritas para su pago.

Programa del curso

Descarga el programa del curso (PDF) en este enlace

Inscripción

Inscríbete en el curso en este enlace.

Más información en cice.cl/cursoecologia

De la playa a la ciudad: aves marinas y ecosistemas costeros

Con la ayuda de chercanes, zorzales, cormoranes y pelícanos, la investigadora CAPES Giorgia Graells busca entender la percepción de los habitantes del Gran Valparaíso acerca de los ecosistemas marinos que habitan y los servicios que éstos proveen, en un intento por determinar los efectos de la urbanización en la relación entre unos y otros.

Las aves marinas son un componente esencial de los ecosistemas costeros. Gracias a su accesibilidad y posición privilegiada en la cadena alimentaria, ayudan a ecólogos y conservacionistas a estimar el estado de diversos parámetros dentro de un ambiente, tales como la disponibilidad de alimento, los niveles de contaminación, y los efectos del clima sobre las diversas interacciones que ocurren en el mar, o cerca de éste.

Pero los servicios que ofrecen estas aves no terminan donde revientan las olas. Su enorme capacidad de desplazamiento también les permite adentrarse en puertos y ciudades en busca de comida, deleitando la vista de navegantes, pescadores, veraneantes y transeúntes por igual, fundiéndose igualmente en los paisajes urbanos.

¿Pero cuánto valoran los mismos habitantes de estos paisajes el papel que juegan estos organismos en su propio bienestar?

Esa es la pregunta que Giorgia Graells, bióloga y magister en Manejo y Conservación de Recursos Naturales busca responderse en una tesis para optar al grado de doctora en Ciencias Biológicas con mención en Ecología, llevada a cabo bajo el alero de la línea 5 de CAPES y conducida por el director de la línea, Prof. Stefan Gelcich.

La respuesta, comenta Graells, puede servirnos para entender de mejor manera la actitud de las personas hacia los ecosistemas urbanos que habitan, desarrollar políticas de conservación y manejo de recursos naturales que incorporen dimensiones tanto biológicas como sociales, y ayudar a resolver potenciales conflictos socioecológicos con una mirada basada en la interdisciplina y los contextos locales.

“Uno de los objetivos del estudio es conocer las percepciones de la gente respecto de la biodiversidad de su entorno y de los servicios ecosistémicos que brinda por medio de encuestas, comparando luego esas percepciones con la diversidad real que presentan estas zonas” explica. Para alcanzar este objetivo, el trabajo contempló una fase de monitoreo de aves en el sitio del estudio, un área que abarca las comunas de Valparaíso, Viña del Mar, y Concón.

Para la investigadora, la elección del “Gran Valparaíso” como lugar del estudio es también un intento por incorporar espacios menos estudiados en el campo de la ecología urbana: “Hasta ahora, dicha disciplina se ha concentrado mucho en las grandes metrópolis del interior, con mayor presencia de biodiversidad terrestre. Poco se sabe de cómo se percibe la biodiversidad en las ciudades costeras, que son de las más urbanizadas y de las que, por su posición estratégica para la economía de los países, crecen con mayor rapidez”.

El énfasis en las aves, por otra parte, se da por razones similares a las que hacen de ellas tan buenos indicadores de la salud de los océanos y costas: su ubicuidad y vistosidad. “Las aves son un elemento de la naturaleza conspicuo, que permiten un acercamiento directo con lo natural” dice Graells, para luego continuar, “las aves también entregan beneficios culturales importantes, como el placer estético, ya que suelen atraernos de ellas cosas tan variadas como su plumaje, su comportamiento o su canto. También hay un vínculo desde lo material, como en el caso de la artesanía, y espiritual. Son materia de mitos y contienen un valor simbólico. Conectar con ellas es en parte conectar con los entornos naturales”.

Si bien el estudio aún se encuentra en su etapa de análisis de datos, Graells ya ha podido extraer aprendizajes valiosos de este trabajo: “La gente se siente conectada con las aves, sobre todo aquellos grupos que tienen un lazo más cercano a los territorios, como son los surfistas, clubes deportivos, y clubes de yates. Las ven como una forma cercana de naturaleza, especialmente en espacios donde ésta no está muy presente o se haya escondida. Le otorgan un valor especial” comenta. Sin embargo, advierte, estas impresiones varían según las especies y los entornos en que son observadas.

“Palomas y gaviotas, por ejemplo, tienen una carga muy negativa entre las personas, sobre todo cuando la paloma está en la playa o la gaviota en la ciudad. Hay una percepción distinta de la especie de acuerdo a la cubierta en que se encuentra” detalla.

En su opinión, palomas y gaviotas tienen un rincón especial en el imaginario colectivo de los porteños por las características particulares de estas especies, en especial, “la plasticidad que presentan a nivel de alimentación y uso de los espacios”. Más plasticidad, significa más presencia en entornos urbanizados e incidencia sobre el bienestar (y en algunos casos, malestar) humano.

De ahí que el estudio considerara variables como los distintos ambientes en que eran halladas estas especies —roquerío natural, roquerío intervenido, playa natural, playa intervenida, ciudad, áreas verdes, entre otras— como un factor importante a considerar.

Educación y divulgación

Uno de los frutos ya visibles del trabajo de Graells fue la realización de distintos materiales de difusión que dan a conocer la variedad de aves que pueblan el Gran Valparaíso.

“La idea de confeccionar estos materiales partió más como una forma de retribuir la disposición de las personas que participaron de las encuestas y entrevistas” explica la bióloga. “La gente demostró real interés por saber los nombres de las aves que les mostrábamos y si habían contestado bien las preguntas. Algunos entrevistados incluso me dejaban grabar sonido ambiente de las aves que rondaban por el lugar, así que sentí la obligación de reconocer ese interés a través de estos regalos”.

Esta experiencia motivó a la investigadora a difundir más el patrimonio natural del ecosistema costero de la zona central mostrando una selección de sus aves más comunes, entre los que se encuentran cormoranes, zarapitos, queltehues y gaviotas, por medio de afiches, trípticos y separadores de página (ver imagen), los cuales también contienen información relevante sobre estas especies.

Divulgar el rol y atributos de estas aves, y de paso educar en la valoración y conservación de la biodiversidad presente en estos espacios, no es una idea ajena a los intereses de Graells, quien desde hace años se dedica también a la educación ambiental a través de su consultora científica Ciencia Austral, la cual realiza actividades de turismo y educación enfocada en temas de medio ambiente y ecología.

En su opinión, la interacción entre la educación ambiental, la investigación científica y la participación ciudadana es particularmente rica en lo que respecta a las aves, que de un tiempo a esta parte han sido objeto de importantes iniciativas de ciencia ciudadana. “Esa misma conexión entre las personas y las aves ha hecho que cada vez haya mayor información sobre ellas, en buena parte gracias a instancias como las campañas de avistamiento y los grupos de observación de aves” comenta.

“Estas son herramienta de conocimiento y conexión con la naturaleza muy valiosas, pues ayudan a entender que lo natural no sólo se haya en lo no intervenido, en el bosque virgen, sino también en plazas y espacios modificados. Ayudan a ver la naturaleza en donde sea, incluso desde el patio de la casa. Te hacen valorizar la naturaleza en sus distintos grados”.

De la playa a la ciudad: aves marinas y ecosistemas costeros

Con la ayuda de chercanes, zorzales, cormoranes y pelícanos, la investigadora CAPES Giorgia Graells busca entender la percepción de los habitantes del Gran Valparaíso acerca de los ecosistemas marinos que habitan y los servicios que éstos proveen, en un intento por determinar los efectos de la urbanización en la relación entre unos y otros.

Las aves marinas son un componente esencial de los ecosistemas costeros. Gracias a su accesibilidad y posición privilegiada en la cadena alimentaria, ayudan a ecólogos y conservacionistas a estimar el estado de diversos parámetros dentro de un ambiente, tales como la disponibilidad de alimento, los niveles de contaminación, y los efectos del clima sobre las diversas interacciones que ocurren en el mar, o cerca de éste.

Pero los servicios que ofrecen estas aves no terminan donde revientan las olas. Su enorme capacidad de desplazamiento también les permite adentrarse en puertos y ciudades en busca de comida, deleitando la vista de navegantes, pescadores, veraneantes y transeúntes por igual, fundiéndose igualmente en los paisajes urbanos.

¿Pero cuánto valoran los mismos habitantes de estos paisajes el papel que juegan estos organismos en su propio bienestar?

Esa es la pregunta que Giorgia Graells, bióloga y magister en Manejo y Conservación de Recursos Naturales busca responderse en una tesis para optar al grado de doctora en Ciencias Biológicas con mención en Ecología, llevada a cabo bajo el alero de la línea 5 de CAPES y conducida por el director de la línea, Prof. Stefan Gelcich.

La respuesta, comenta Graells, puede servirnos para entender de mejor manera la actitud de las personas hacia los ecosistemas urbanos que habitan, desarrollar políticas de conservación y manejo de recursos naturales que incorporen dimensiones tanto biológicas como sociales, y ayudar a resolver potenciales conflictos socioecológicos con una mirada basada en la interdisciplina y los contextos locales.

“Uno de los objetivos del estudio es conocer las percepciones de la gente respecto de la biodiversidad de su entorno y de los servicios ecosistémicos que brinda por medio de encuestas, comparando luego esas percepciones con la diversidad real que presentan estas zonas” explica. Para alcanzar este objetivo, el trabajo contempló una fase de monitoreo de aves en el sitio del estudio, un área que abarca las comunas de Valparaíso, Viña del Mar, y Concón.

Para la investigadora, la elección del “Gran Valparaíso” como lugar del estudio es también un intento por incorporar espacios menos estudiados en el campo de la ecología urbana: “Hasta ahora, dicha disciplina se ha concentrado mucho en las grandes metrópolis del interior, con mayor presencia de biodiversidad terrestre. Poco se sabe de cómo se percibe la biodiversidad en las ciudades costeras, que son de las más urbanizadas y de las que, por su posición estratégica para la economía de los países, crecen con mayor rapidez”.

El énfasis en las aves, por otra parte, se da por razones similares a las que hacen de ellas tan buenos indicadores de la salud de los océanos y costas: su ubicuidad y vistosidad. “Las aves son un elemento de la naturaleza conspicuo, que permiten un acercamiento directo con lo natural” dice Graells, para luego continuar, “las aves también entregan beneficios culturales importantes, como el placer estético, ya que suelen atraernos de ellas cosas tan variadas como su plumaje, su comportamiento o su canto. También hay un vínculo desde lo material, como en el caso de la artesanía, y espiritual. Son materia de mitos y contienen un valor simbólico. Conectar con ellas es en parte conectar con los entornos naturales”.

Si bien el estudio aún se encuentra en su etapa de análisis de datos, Graells ya ha podido extraer aprendizajes valiosos de este trabajo: “La gente se siente conectada con las aves, sobre todo aquellos grupos que tienen un lazo más cercano a los territorios, como son los surfistas, clubes deportivos, y clubes de yates. Las ven como una forma cercana de naturaleza, especialmente en espacios donde ésta no está muy presente o se haya escondida. Le otorgan un valor especial” comenta. Sin embargo, advierte, estas impresiones varían según las especies y los entornos en que son observadas.

“Palomas y gaviotas, por ejemplo, tienen una carga muy negativa entre las personas, sobre todo cuando la paloma está en la playa o la gaviota en la ciudad. Hay una percepción distinta de la especie de acuerdo a la cubierta en que se encuentra” detalla.

En su opinión, palomas y gaviotas tienen un rincón especial en el imaginario colectivo de los porteños por las características particulares de estas especies, en especial, “la plasticidad que presentan a nivel de alimentación y uso de los espacios”. Más plasticidad, significa más presencia en entornos urbanizados e incidencia sobre el bienestar (y en algunos casos, malestar) humano.

De ahí que el estudio considerara variables como los distintos ambientes en que eran halladas estas especies —roquerío natural, roquerío intervenido, playa natural, playa intervenida, ciudad, áreas verdes, entre otras— como un factor importante a considerar.

Educación y divulgación

Uno de los frutos ya visibles del trabajo de Graells fue la realización de distintos materiales de difusión que dan a conocer la variedad de aves que pueblan el Gran Valparaíso.

“La idea de confeccionar estos materiales partió más como una forma de retribuir la disposición de las personas que participaron de las encuestas y entrevistas” explica la bióloga. “La gente demostró real interés por saber los nombres de las aves que les mostrábamos y si habían contestado bien las preguntas. Algunos entrevistados incluso me dejaban grabar sonido ambiente de las aves que rondaban por el lugar, así que sentí la obligación de reconocer ese interés a través de estos regalos”.

Esta experiencia motivó a la investigadora a difundir más el patrimonio natural del ecosistema costero de la zona central mostrando una selección de sus aves más comunes, entre los que se encuentran cormoranes, zarapitos, queltehues y gaviotas, por medio de afiches, trípticos y separadores de página (ver imagen), los cuales también contienen información relevante sobre estas especies.

Divulgar el rol y atributos de estas aves, y de paso educar en la valoración y conservación de la biodiversidad presente en estos espacios, no es una idea ajena a los intereses de Graells, quien desde hace años se dedica también a la educación ambiental a través de su consultora científica Ciencia Austral, la cual realiza actividades de turismo y educación enfocada en temas de medio ambiente y ecología.

En su opinión, la interacción entre la educación ambiental, la investigación científica y la participación ciudadana es particularmente rica en lo que respecta a las aves, que de un tiempo a esta parte han sido objeto de importantes iniciativas de ciencia ciudadana. “Esa misma conexión entre las personas y las aves ha hecho que cada vez haya mayor información sobre ellas, en buena parte gracias a instancias como las campañas de avistamiento y los grupos de observación de aves” comenta.

“Estas son herramienta de conocimiento y conexión con la naturaleza muy valiosas, pues ayudan a entender que lo natural no sólo se haya en lo no intervenido, en el bosque virgen, sino también en plazas y espacios modificados. Ayudan a ver la naturaleza en donde sea, incluso desde el patio de la casa. Te hacen valorizar la naturaleza en sus distintos grados”.